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Cuarto Domingo de Epifanía

Jeremías 1, 4-10
Salmo 71, 1-6, 15-17
1 Corintios 14, 12b-20
Lucas 4, 21-32

El Evangelio de hoy es la continuación del de la semana pasada, cuando Jesucristo, comentando la lectura del profeta Isaías, dijo que lo que la escritura decía se cumplía en su persona; que había venido a liberar a los cautivos, a la humanidad, y a proclamar el Reino de Dios. Esa es la razón de la encarnación. Dios nos ama tanto que medianteJesucristo nos viene a librar de las cadenas y de la esclavitud que nosotros no podemos romper: el poder del mal. Por las fuerzas del mal las criaturas se rebelaran contra su creador. Y vivieron en enemistad y conflicto entre sí mismas. Una forma de vida que les traía su propia destrucción. Y se convertieron de ser víctimas en participantes de la perdición. Y nosotros participamos de esa herencia.

Por ejemplo, en el evangelio de hoy, toda la gente que había ido a la sinagoga para oír a Jesús enseñar, no pensaba que se iban a convertir en un gentío que intentó matarlo. Gente decente, religiosa, que se volvieron como locos que trataron de matar a Cristo. Algo que lograrían tres años más tarde. O como el pueblo alemán, durante el gobierno de Hitler, cometió crímenes contra la humanidad, exterminando a más de seis millones de mujeres, hombres y niños. Un pueblo que se suponía que fuese cristiano. Seguidor de Cristo. O como padres matan a sus hijos, e hijos a sus padres. En esta vida nunca entenderemos completamente el misterio del mal. Pero sí sabemos que Jesucristo es la respuesta de Dios para vencer al pecado. Y es en El donde se encuentra nuestra única salvación.

Nos dice San Lucas que todos se admiraban de las palabras que salían de su boca. Se asombraban porque se persentaba como porfeta. Un profeta que actuaba en nombre de Dios. Un profeta que podría ser Dios, el Hijo de Dios. Dudaban. No comprendían. Se admiraban. ¿Cómo es posible, si es el hijo de José? Mas al presentar a Elías y a Elsieo como taumaturgos al servico de los paganos, la indignación de los oyentes no paró en reparos y decidieron despeñarlo.

Aquellos oyentes con toda su herencia como pueblo escogido de Dios, con todo su abolengo, creían que sabían tanto que cerraron sus mentes al mismo Dios. Delimitaron en sus mentes el poder de Dios. Así Dios vino, y no le conocieron, porque vino en la forma que no esperaban. ¡Y cuántas veces no nos pasa lo mismo a nosotros! ¡Cuántas veces creemos que conocemos bien lo que Dios quiere! ¡Somos episcopales, ¿verdad? el pueblo escogido de Dios, pero cuando Dios nos habla y se acerca a nosotros de una forma inesperada, no le conocemos!!

¡Cuántas veces juzgamos a la gente por su apariencia externa, por el idioma que hablan, por su país de nacimiento, y estamos tan seguros que no sirven para nada-¡después de todo no son como nosotros!-que perdemos la oportunidad de recibir una revelación de Dios!

Jesús, ¿el hijo de José el carpintero? ¡Que va! ¡No!

Sí, quiero conocer a Dios, pero a mi modo. Claro que voy a la Iglesia a menudo. Claro que amo a Jesús y quiero al Padre. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la forma en que vivo mi vida? Sí, quiero recibir el mensaje de salvación que Dios ofrece, pero sólo si dice lo que quiero oír. ¿Amar al prójimo? ¡Claro! Sí me cae bien. La Luz vino al mundo, pero el mundo no la recibió. Dios mandó a su santo Hijo a traernos la salvación, a ofrecernos la vida eterna y nuestra respuesta fue matarlo Nos estamos hundiendo y no queremos aferrarnos al salvavidas. ¿El hijo de José, el carpintero? ¡No! Queridos hermanos y hermanas, durante esta estación de Epifanía nos comprometamos a abrir nuestros corazones al Hijo de Dios y a compartir su paz y amor con todo el mundo. A proclamar que Jesús, el hijo de José, el carpintero, es el Mesías, que Dios nos envió para sacarnos de las garras del pecado Esa es la misión que Dios nos ha encomendado. No tratemos de matar a Cristo otra vez con nuestra dureza de corazón y falta de entendimiento. Amén



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