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Sexto Domingo de Epifanía

Jeremías 17, 5-10
Salmo 1
1 Corintios 15, 12-20
Evangelio según San Lucas 6, 17-26

Las lecturas del domingo pasado nos animaron a colocar nuestra confianza en el Señor, de quien nos llega siempre el consuelo y la fortaleza.

     Este domingo apuntan hacia una antítesis entre la maldición y la bendición divina: "maldito… bendito". Estas dos palabras aparecen al principio de los versículos cinco y siete del capitulo diecisiete del libro del profeta Jeremías.

     Esa antítesis u oposición quizá despierte nuestra atención en la liturgia de la palabra hoy. El paralelismo entre esos dos párrafos es bien notorio. Tienen el mismo número de líneas. Su construcción es prácticamente idéntica. La bendición del segundo párrafo queda más manifiesta al contrastarse con la maldición del primero.

     La maldición o la bendición están directamente ligadas a la respuesta que cada persona presente al Señor, ya sea que ponga su confianza en El o, se aparte de El para colocarla en la "carne", es decir, en un ser que es débil, frágil y mortal. La confianza aquí es una esperanza en expectativa que envuelve toda nuestra vida, a la que nos aferramos fuertemente en momentos de tribulación. Esta confianza y esperanza en Dios acompaña la fe en aquél que se ha llamado a sí mismo: "Yo soy el que soy". En el que es, Dios, nosotros tomaremos refugio. Con El es con quien podemos y debemos contar siempre.

     El esperar en otro ser humano, buscar apoyo en un mortal, aun cuando parezca seguro, siempre nos va a defraudar. No importa la clase de poder que ponga a nuestra disposición: la fuerza física, la riqueza, la influencia, las buenas relaciones, las cualidades personales, etc.

     Los profetas y los salmos nos hablan del fracaso de aquéllos que ponen su confianza en cosas y poderes del mundo. Por otra parte, nos animan con el éxito experimentado por aquéllos que, con humildad, se despojan de sí mismos para confiar sólo en Dios.

      Debemos estar atentos para no caer en la falacia de colocar toda nuestra confianza en instituciones religiosas y en la ley. Nuestra esperanza sólo puede estar centrada en el Señor quien siempre nos ayuda y nos guía con su amor y sabiduría.

      Para expresar el contraste entre la tristeza del que confía en seres humanos y el gozo del que confía en Dios, Jeremías usa ejemplos muy sencillos y claros.

      Quien confía en el hombre será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

      Quien confía en el Señor, será como un árbol plantado junto al agua, no sentirá el estío, su hoja estará verde, no deja de dar fruto.

      Lo que Jeremías quiere poner en evidencia es cuán afortunada es la persona que es bendecida por Dios y mostrar a sus interlocutores el camino que conduce a la santidad.

      Pablo, por otra parte, nos dice que el destino de cada persona está ligado a la resurrección de Jesucristo. Según nuestra respuesta a Dios, seremos o no, partícipes de su propia vida.

      El Evangelio cierra con broche de oro el tema que empezamos con Jeremías. ¡Benditos somos todos nosotros que hemos venido a escuchar el sermón que Jesucristo nos proclama! ¡Benditos nosotros si escuchamos su palabra y la hacemos parte de nuestro diario vivir! Quizá no sea fácil. Muchas veces será doloroso, pero al final si confiamos en El, y somos perseverantes en su seguimiento, y nos dejamos asistir y bendecir con su gracia y amor, la felicidad y vida eterna serán nuestra recompensa. ¡Ojalá escuchemos su voz y recibamos su bendición! Amén.



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