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Último Domingo de Epifanía

Exodo 34, 29-35
1 Corintios 12, 27-13,13
Evangelio según San Lucas 9, 28-36

Estamos celebrando hoy la fiesta de la Transfiguración del Señor. Tanto la Epifanía como la Transfiguración son fiestas y palabras que significan una revelación de Dios. Dios se manifiesta de una manera fascinante y extraordinaria. Es un momento de temblor y alegría al mismo tiempo. De temblor porque es Dios mismo quien está frente a nosotros indignos siervos suyos, y de alegría porque es el Padre amoroso quien se hace presente en nuestras vidas.

     La Transfiguración y la Epifanía forman parte de los misterios teológicamente conocidos como "teofanías divinas" o "manifestaciones de Dios". Las lecturas de éste domingo nos presentan a Dios manifestándose, comunicándose de una manera maravillosa, y al mismo tiempo sencilla. Maravillosa porque es Dios, en su radiante Gloria y esplendor, quien revela su poder y majestad. Sencilla, porque es a nosotros seres humanos, producto de su creación, a quienes quiere manifestarse.

     Ya en el Antiguo Testamento, Dios en su infinito amor por los seres humanos traza su plan salvífico. Para dar a conocer esa economía de salvación, se manifiesta a seres escogidos por El mismo, para que sean los mensajeros de su palabra. El primero fue Abraham cuando tenía noventa y nueve años. Su misión: establecer el pueblo elegido. "Se le apareció el Señor y le dijo: camina en mi presencia y sé perfecto" (Gn 17,1).

     Más tarde se le apareció a Moisés para encargarle a su pueblo. Sin embargo, Dios aún no le ha permitido a nadie contemplarle en su gloria. "Moisés dijo al Señor: enséñame tu gloria. Le contestó: Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre "Señor" … pero mi rostro no lo puedes ver"( Ex. 33, 18-21).

     Eso que Moisés no tuvo la oportunidad de contemplar es lo que Dios quiere mostrarnos hoy: su propia cara y su gloria. El texto seleccionado para hoy nos lo deja ver: "Mientras (Jesús) estaba orando su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Dos hombres que eran Moisés y Elías, conversaban con El. Se veían en un estado de gloria…" (Lc. 9, 28-31)

     La Transfiguración, es un cambio, una metamorfosis. En esta ocasión, Jesús cambió su apariencia humana para dar a sus discípulos un anticipo de su gloria y resplandor. En ese resplandor y majestad lo podremos ver cara a cara cuando El mismo nos lleve de vuelta a la casa del Padre para vivir en su amor y gloria eternamente.

     Algunos de los detalles del milagro de la Transfiguración del Señor, son peculiares del Evangelio de Lucas y no los encontramos ni en Marcos ni en Mateo. Mientras que en Marcos es la revelación del Mesías escondido como la consumación de la ley y los profetas, y para Mateo es la manifestación del nuevo Moisés, en Lucas la Transfiguración es también para Jesús, una experiencia personal. En el marco de una profunda oración ve el paso que va a completar en Jerusalén.

     Recordemos que Jesús recibió una comunicación divina al empezar su ministerio (Lc 3,21). Ahora, en la Transfiguración recibe otra comunicación divina, pues está empezando una nueva etapa de su misión: la pasión. Jesucristo lleva ya dos años predicando pero no se ve esperanza de que Israel cambie y supere la violencia que lo está llevando a la ruina.

     Ya que ni siquiera los milagros logran convencer a sus compatriotas, a Jesús sólo le queda enfrentarse con las fuerzas del mal; su sacrificio será más eficaz que sus palabras para encender el amor y el espíritu en todos los que en adelante continuarán su obra salvadora.

     Nuestro Señor, una vez más se transforma para cada uno de nosotros. Es Dios mismo quien se manifiesta y se hace presente en esta santa celebración de la Eucaristía. El Exodo y Lucas nos dicen que el rostro de Moisés y la figura de Jesús han experimentado una metamorfosis. Esta es la oportunidad para pedirle a nuestro Padre del cielo que nos ayude a completar nuestra propia metamorfosis y así podremos transformarnos en verdaderos hijos e hijas suyos. Amén.



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