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Primer Domingo de Cuaresma

Deuteronomio 26, (1-4) 5-11
Romanos 10, (5-8a) 8b-13
Evangelio según San Lucas 4, 1-13
«Concluida la prueba, el diablo se alejó de él hasta otra ocasión" (Lc.4, 13).

En la liturgia del Miércoles de Ceniza nos comprometimos a la «observancia de una santa Cuaresma, mediante el examen de conciencia y el arrepentimiento; por la oración, el ayuno y la abnegación; y por la lectura y meditación de la santa Palabra de Dios». (LOC, pág. 183) El problema es que nosotros raramente emprendamos un examen tan riguroso como el que hizo Jesús. ¿Quién de nosotros puede decir que no ha comenzado su vida adulta antes de emprender un retiro de cuarenta días para asegurarse de que iba a realizar la voluntad de Dios?

Si tomamos literalmente el relato debemos decir que el auto examen que realizó Jesús fue riguroso al punto de ser casi extremo. Cuarenta días sin comer, al sol abrasador del día, y el frío de la noche. Cuarenta días durante los cuales «por la oración, el ayuno y la abnegación» se preparó para su misión salvadora.

Al final del ayuno vemos a un Jesús que acepta decididamente el camino que le espera. Entiende las Escrituras con claridad y las explica y proclama con autoridad. Se dice que «más sabe el diablo por viejo que por diablo». En esta Escritura vemos que más sabe el Eterno que ese viejo diablo. Con casi desdén, despacha Jesús a su enemigo. No será la última vez que se encuentren. Pero en este tropiezo vemos el patrón de futuros enfrentamientos. Jesús ganará y Satanás perderá siempre.

No es extraño que la liturgia diga «mediante el examen de conciencia y el arrepentimiento». Nuestro examen de conciencia debiera llevarnos al arrepentimiento. Este período de Cuaresma ofrece una oportunidad de reconocer cuán lejos estamos de la posibilidad de salir victoriosos por nuestros propios esfuerzos y cuán grande es la salvación que Dios nos ha dado. No podemos mantenernos correctamente relacionados con Dios si desde un principio no reconocemos nuestra debilidad

Dios tuvo que proveernos una salida. Y esa salida se encuentra en la segunda lectura de hoy. Pablo dice: «Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás» (Rom 10, 9). Parece demasiado fácil, mas en las próximas semanas veremos cómo Dios repite, de varias maneras, que quiere salvarnos.

A veces pensamos que la salvación debiera ser más difícil, por ejemplo, cruzar un desierto, ayunar toda una semana u orar novenas sin fin. Nos molesta que no tengamos otra opción salvo hacer lo más simple, "confesar con la boca y creer de corazón". Nos humilla saber que lo más importante y necesario para que entremos al Reino de Dios ya lo hizo Jesús por nosotros. Sin embargo, Dios está contento si aceptamos los sufrimientos de la vida sin protestar y criticarle. Más aún, podemos ofrecerle, con amor, muchas de las angustias que nos agobian. ¡Como un holocausto vivo y agradable!

Esta Cuaresma es pues una invitación a examinarnos y a aprender cómo realmente desea Dios que vivamos Es una invitación a ser sinceros con nosotros mismos y con Dios. Es una invitación a que esta reflexión no termine el día de Resurrección sino a que continúe toda nuestra vida. Sabemos que es muy difícil cambiar de vida sin la ayuda de Dios, ¡pidamos, pues, esa ayuda! ¡Confesemos y creamos y veremos grandes cambios en nuestras vidas! Amén.



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