Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 15, 1-12,17-18
Filipenses 3, 17-4:1
Evangelio según San Lucas 13, (22-30) 31-35

¿Han ido alguna vez a un estadio para ver un partido de balompié y entrado por el torniquete? ¿Saben por qué lo llaman un torniquete? Porque frena la libre circulación de las personas y, a veces, la para completamente. Lo más chistoso es pasar por un torniquete angosto. Seas gordo o delgado, es todo un lío el pasar. Empujas la barra de enfrente y la barra de atrás te da una palmada. Eso es lo que nos dice Jesús que tenemos que hacer, ¡pasar por el torniquete!

Jesús asegura que muchos tratarán de entrar y no podrán y quedarán fuera. Imagínense ahora un torniquete tan angosto que sólo los más delgados puedan entrar y aún ellos tengan que esforzarse para lograrlo. Esa es la imagen que Jesús nos presenta para considerar cómo vivir nuestras vidas para entrar en el Reino de los Cielos.

Jesús afirma que habrá personas que digan al dueño de la casa que comieron y bebieron con él y escucharon sus enseñanzas, pero él los dejará afuera. O sea, habrá personas que han participado en la Santa Comunión, han escuchado sermones y con todo corren el peligro de quedarse fuera del Reino de Dios. ¡Qué espanto! ¿Cómo será posible esto?

Estamos al comienzo de la segunda semana de Cuaresma y nuestro auto examen nos permite ver qué terribles serán los resultados de nuestra desobediencia. «¡Apártense de mí, todos ustedes obradores de injusticia!»

Tal vez la clave de esta situación nos la dé San Pablo en su carta a los Filipenses. A éstos les decía muchas veces, y ahora lo repite hasta con lágrimas que hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición, su Dios el vientre, su gloria sus vergüenzas, sólo aspiran a cosas terrenas.

San Pablo asegura en la carta a los Romanos que es necesario confesar con la boca y creer de corazón para ser salvos. Primero hay que confesar que Jesús es el Señor y creer. Luego nos toca poner de nuestra parte. Nos toca cooperar con Dios en nuestra transformación.

De nada sirve llegar a la Eucaristía todos los domingos, de nada sirve escuchar muchos sermones, si en el fondo no hemos cambiado. ¿De qué sirven muchos ayunos y penitencias, ahora en la Cuaresma, si después de la Pascua nos damos una vida de libertinaje?

Esa es la profunda actitud de San Pablo. La vida de algunos cristianos es la perdición. La de Pablo fue el estar clavado en la cruz por amor a Cristo. Pablo sufrió hambre, sed, persecución, encarcelamiento, fue criticado, calumniado, y abofeteado, pero todo lo soportaba por amor a Cristo. Pablo se había identificado con Cristo. Pablo estaba crucificado con Cristo. ¡Pablo pasó por el torniquete! ¡Pablo vio la luz y llegó a la resurrección!

No perdamos el tiempo. Andamos ya en la segunda semana de Cuaresma. Aprendamos qué significa ser cristiano con autenticidad. Si seguimos el difícil ejemplo de Jesús, de Pablo y de otros santos, veremos cómo Dios transformará nuestra condición humilde, según el modelo de la condición gloriosa de Cristo. Amén.



Back to Top