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Tercer Domingo de Cuaresma

Éxodo 3, 1-15
1 Corintios 10, 1-13
Evangelio según San Lucas 13, 1-9

«¿Piensan que aquellos galileos, por haber sufrido así, eran más pecadores que los demás galileos? Les digo que no; pero si no se arrepienten, acabarán como ellos» (Lc.13, 2-3).

Esta es la tercera semana que comenzamos con palabras duras por parte de Jesús. A veces tenemos una idea de que Jesús fuera un predicador suave. Mas vemos que predicaba fuego con igual fervor.

El fuego no es siempre un elemento de destrucción. En varias industrias se usa para quitar las impurezas y conservar lo valioso. Para formar el acero se tiene que hacer una mezcla de varios elementos con hierro y entonces templarlo con fuego. De ahí sale un material increíblemente fuerte, especialmente el acero hecho de titanio. El oro más fino ha sido refinado con el fuego más ardiente. Y así es con Jesús. El objetivo de su predicación ardiente era la producción de una vida purificada.

El Evangelio nos ofrece la parábola de una higuera que no produce fruto. Para el granjero, el propósito de una viña es la producción de frutos. Si la higuera no cumple con la razón de su existencia, ¿para qué tenerla? Si no produce, no vale la pena que exista. Eso es lo que dice el dueño a su viñador. "¡Córtala!, para qué va a ocupar terreno en balde".

Nosotros también existimos para dar frutos agradables a Dios. Si no producimos esos frutos, «de la misma manera, todos ustedes perecerán . . .» dice Jesús. No obstante, como el viñador, Jesús ha venido para abonarnos, para estimularnos a producir fruto. Y, como el viñador de la parábola, ha pedido al Padre que tengamos suficiente tiempo antes del juicio definitivo Pero, ¿cuál es el fruto que tenemos que dar para no ser cortados y quemados? La lectura habla del fruto de arrepentimiento.

Pero, ¡qué extraño! Vimos que el arrepentimiento fue mencionado en la primera semana de Cuaresma. ¿No es el arrepentimiento previo a todo? Lo que espera el Señor es una conversión total que dé frutos de arrepentimiento como producto de una relación íntima con Dios.

El segundo domingo de Cuaresma hablábamos de entrar en un proceso de cambio en el cual imitaríamos a Jesús. A medida que seguimos fielmente ese proceso, impulsados por el Espíritu Santo, nos damos cuenta de nuestras imperfecciones, de nuestras faltas, de nuestras rebeliones contra Dios. A veces nos quedamos atónitos al ver nuestro interior. Lo que verdaderamente somos nunca iguala lo que pensábamos que éramos.

A medida que el Espíritu de Dios brilla y manifiesta lo que somos, tenemos la opción de escondernos como Adán y Eva en el jardín del paraíso y negar que somos esa persona que nos revela el Espíritu Santo. Buscamos excusas como si fueran hojas para ocultar nuestra pobre realidad. Comenzamos a culpar a otros, usándolos como hojas de cubierta. Decimos, «si mis padres me hubieran tratado mejor, no sería así. Si mi patrón no fuera tan tacaño, no le robaría. Si la sociedad fuera más justa, podría pagar mis impuestos». Encontramos un sin fin de disculpas para no tener que enfrentarnos al Dios que nos está quemando con su fuego santo. Esa persona es la higuera sin fruto. No se deja cambiar por el Espíritu Santo.

El arrepentimiento que pide el Evangelio de hoy es un arrepentimiento de madurez. Cuando al principio nos dimos cuenta de que Dios quería nuestras vidas no sabíamos lo que realmente éramos. Al iniciar el proceso de arrepentimiento maduro y entrar en compromiso con Dios comprendemos cuán imprescindible es la ayuda de Dios. Sin él no podemos dar fruto duradero. Fruto de santidad.

Acerquémonos a Dios y pidámosle que nos ayude a cambiar nuestras vidas. Si hacemos eso y nos sometemos humildemente al fuego de su santidad, veremos cambios en nuestras vidas que complacerán a Dios y a nosotros mismos. Seremos la higuera que da fruto de eternidad. Amén.



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