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Cuarto Domingo de Cuaresma

Josué (4, 19-24); 5, 9-12
2 Corintios 5, 17-21
Evangelio según San Lucas 15, 11-32

La parábola del hijo pródigo es un de valor inmortal. Varias películas de Hollywood se han basado en la idea de un hijo que va por el camino equivocado, y arrepentido, regresa a sus padres. Es una parábola que nos llena de consuelo porque si somos ese hijo pródigo nos alienta con la esperanza de que Dios está dispuesto a recibirnos. Si somos padres con hijos pródigos nos alienta el que un día vuelvan y se reconcilien con nosotros. Si somos hermanos de un pródigo nos urge a estar dispuestos al perdón.

¿Quién no ha sentido en la juventud el aguijón de la aventura? ¿Quién no ha deseado abandonar el hogar paterno y trotar mundos para ver qué existe más allá del horizonte chiquito de nuestra casa? Más que nunca este espíritu de rebeldía y aventura se da en la juventud, en los años en que uno descubre el deseo de independencia, de no obedecer ni escuchar a nadie. Quisiéramos decir a nuestros padres: ¡Dame, pues, lo que me toca, y con ello me voy de ventura! ¡Gracias que muchos padres no son tan generosos, gracias que muchos padres no aceden tan fácilmente a la rebeldía de sus hijos, de lo contrario, casi todos serían pródigos!

¿Y qué experimentan? A los pocos días de abandonada la seguridad del hogar, empiezan a constatar la lucha de la vida, que el dinero no llega, que el mundo es cruel y no ofrece buen trabajo al inexperto, y que todos se aprovechan de uno, excepto los padres, que siguen amándote hasta el extremo.

El joven de la historia llegó al punto más bajo que un judío pudiera llegar. Nada más vergonzoso para un judío que el cuidar cerdos. ¡Nadie lo hacía! De ahí la fuerza de la parábola. Más aún, no podía comer ni siquiera lo que los cerdos comían. ¡Tan extremada era su situación! Y, ese fue precisamente el momento de cambio, de reflexión, de conversión: "¡Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti!" A veces tenemos que llegar al fondo del sufrimiento para darnos cuenta que dependemos de Dios totalmente. Que sin él no podemos hacer nada. "¡Ya no merezco llamarme hijo tuyo!" ¡Qué palabras tan tremendas! ¿Quién puede decir eso a un padre y no romperle el corazón? ¡Sólo el pensarlo se nos llenan los ojos de lágrimas!

Mas al hijo rebelde, al hijo aventurero, al hijo pecador, le aguarda una gran sorpresa. Su padre le está esperando, corre hacia él y le colma de besos y abrazos. ¡Qué momento tan extraordinario! El padre sin pronunciar un reproche, manda organizar una gran fiesta. ¡Pónganle la mejor ropa, un anillo, y sandalias en los pies!" Ropa que, sin duda alguna, pertenecía al padre. "¡Traigan el becerro más gordo y mátenlo. ¡Vamos a comer y celebrar fiesta!".

Vemos cuán grande es nuestro Dios con el arrepentido de todo corazón. No demanda, no juzga, no critica, no reprocha. Por el contrario, organiza una gran fiesta con todo lo mejor que hay en la casa.
Así trata Dios al pecador arrepentido. ¡Un Dios de gran corazón! Un Dios que no recuerda ni menciona el pasado. Hemos oído a Jesús pronunciar palabra muy fuertes, pero van dirigidas a corazones impenitentes, a corazones que no quieren saber nada de Dios. Con un poco de arrepentimiento, ¡Dios es todo bondad!

San Pablo dice en la epístola: "el que es de Cristo es una criatura nueva"( 2Cor.5, 17). Dios ha reconciliado al mundo en Cristo, sin pedirle cuentas de sus pecados. Y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación.

Hermanos, nosotros, los que estamos aquí celebrando esta Eucaristía, no podemos condenar a nadie, no podemos criticar la actitud del hermano que, aparentemente, reaccionó con mucha envidia. El también, en un momento de reflexión, se daría cuenta que era un hijo pródigo. ¿Hemos sido pródigos alguna vez? Que cada uno haga su propio examen. Amén.



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