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Primer Domingo después de Epifanía (El Bautismo del Señor)

Isaías 42, 1-9
Salmo 89, 1-29
Hechos 10, 34-38
Mateo 3, 13-17

     En esta ocasión Mateo narra un cuadro importante en la vida del Rabí de Galilea, su bautizo. Después del bautizo Jesús se retira a un lugar desierto y durante cuarenta días y cuarenta noches, ayuna, ora, y reflexiona para iniciar su ministerio terreno.

     Mas veamos hoy la verdadera enseñanza de lo que implica un bautismo. La palabra "bautismo" se deriva del verbo griego baptizein, que significa "sumergir, lavar". El bautismo es, pues, una inmersión o una ablución.

     El agua ha jugado un papel simbólico como signo de purificación en todas las religiones. En el Antiguo Testamento, el diluvio y el paso del mar Rojo, serán vistos más tarde como prefiguraciones del bautismo. Se imponen leyes de abluciones rituales que purifican y capacitan para el culto. Los profetas anuncian una efusión de agua purificadora del pecado.

     Un poco antes de la venida de Jesús, los rabinos bautizaban a los prosélitos, paganos de origen que se agregaban al pueblo judío. Parece que algunos consideraban este bautismo tan necesario como la circuncisión.

     El bautismo de Juan es un bautismo único, conferido en el desierto con miras al arrepentimiento y al perdón (Mc 1, 4). Comporta la confesión de los pecados y un esfuerzo de conversión definitiva, expresada en el rito (Mt 3, 6). Juan insiste en la pureza moral, pero sólo establece una economía provisional, es un bautismo de agua, preparatorio para el bautismo mesiánico en el Espíritu Santo y en el fuego (Mt 3, 11), purificación suprema.

     Jesús, al presentarse para recibir el bautismo de Juan, se somete a la voluntad de su Padre y se sitúa humildemente entre los pecadores. Es el cordero de Dios que toma así sobre sí mismo el pecado del mundo (Jn 1, 29.36). El bautismo de Jesús por Juan es coronado por la bajada del Espíritu Santo y la proclamación por el Padre celestial, de su filiación divina. Es también el anuncio de pentecostés, que inaugurará el bautismo en el Espíritu, para la Iglesia (Hch 1, 15; 11, 16) y para todos los que entren en ella (Ef 5, 25-32; Tit 3, 5ss).

      El bautismo cristiano implica normalmente una inmersión total (Hch 8, 38) o, si no es posible, por lo menos un derrame de agua sobre la cabeza, tal como lo atestigua el Didaje 7, 3, o libro de la enseñanza de los Apóstoles. San Pablo en varias de sus cartas habla y profundiza sobre el significado del bautismo. Por ejemplo, dice que la inmersión en el agua representa la muerte y la sepultura de Cristo, la salida del agua simboliza la resurrección en unión con él. El bautismo hace que muera el cuerpo en cuanto instrumento de pecado (Rm 6, 6) y hace participar en la vida para Dios en Cristo (Rm 6, 11).

      El bautismo es por tanto un sacramento pascual, una comunión con la pascua de Cristo. El bautizado muere al pecado y vive para Dios en Cristo (Rm 6, 11) vive de la vida misma de Cristo (Gal 2, 20). La transformación así realizada es radical. Es despojo y muerte de la vieja criatura y revestimiento de la nueva criatura. Nueva creación a la imagen de Dios.

      El bautismo según el libro de Oración Común: "Es el sacramento por el cual Dios nos adopta como hijos suyos, y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y herederos del reino de Dios".

      Todos los bautizados formamos una gran familia, un gran pueblo, un cuerpo místico, que un día se manifestará en toda su gloria. Lo que da vida a este cuerpo, aquí en la tierra, es nuestra incorporación a la vida divina. Pero es necesario imitar profundamente la vida de Jesucristo si no queremos que este sacramento sea sólo una formulismo más, una costumbre repetida sin pensarlo bien.

      Para recibir el bautismo se han de cumplir ciertas condiciones y promesas. Se ha de renunciar a al mal y todas sus consecuencias. Es necesario arrepentirse de los pecados, aceptar a Jesús como Señor y salvador, profesar fe en la Trinidad y en la Iglesia. Además prometemos seguir estudiando la enseñanza de la Iglesia, asistir a la Eucaristía, rezar asiduamente. También prometemos resistir al mal y arrepentirnos si caemos en el pecado; proclamar el evangelio de palabra y de obra, servir a Cristo en todas las personas, y luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos. En una palabra, si cumpliéramos todo esto el mundo sería un poco mejor. Y todos seríamos más felices. Renovemos hoy esas promesas conscientes de lo que implican.



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