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Segundo Domingo después de Epifanía

Isaías 49,1-7
Salmo 40,1-10
1 Corintios 1,1-9
Juan 1,29-41

     El evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista dando testimonio de Jesús. Según su experiencia ve a Jesús como "el Cordero de Dios" que quita el pecado del mundo. Jesús es el elegido de Dios para redimir al mundo iniciando una obra de salvación con el poder del Espíritu Santo. La segunda parte del evangelio nos cuenta de forma sencilla cómo Jesús reclutó a los primeros discípulos.

     Vamos a centrar nuestra reflexión en la frase "el Cordero de Dios", propia del evangelio de Juan. Como veremos, el evangelista supo aunar en una expresión feliz una larga tradición simbólica y ritual.

     El cordero era el animal del Oriente Medio. Cubría las necesidades elementales del ser humano, era pues un medio primordial de sustento, como en otros lugares y países pudo ser cualquier otro animal. Sabemos que el bisonte era el animal que daba vida a la variedad de razas que existían en lo que es hoy América del Norte. Sabemos también que eliminados los bisontes también los indios fueron desapareciendo.

     El cordero proveía al pueblo de ropa, por medio de la lana; comida, mediante la carne, la leche y otros derivados como queso; además, podía ser cambiado por dinero u otras mercancías. Pero además de este valor material y realista, la oveja y el cordero, adquirieron un valor religioso, especialmente en el pueblo judío.

     En el Antiguo Testamento el cordero tuvo un significado capital cuando fue usado como ofrenda agradable a Dios por parte de Abel, el hermano de Caín (Gn 4, 4). El cordero fue la ofrenda que Abrahán utilizó en sustitución del sacrifico de Isaac, su hijo, la cual fue aceptada por Dios (Gn 22, 1-14).

     El cordero se estableció como un animal propio para la propiciación, para el sacrifico y para la liberación del pueblo de Israel. Cuando Dios decidió libertar a su pueblo cautivo de los egipcios, ordenó a los hebreos inmolar por familia un cordero "sin mancha, macho, de un año"(Ex 12, 5), comerlo al anochecer y marcar con su sangre el dintel de su puerta. Gracias a este signo, el ángel exterminador los perdonaría cuando viniera a herir de muerte a los primogénitos de los egipcios.

     Más tarde la tradición judía dio un valor redentor a la sangre del cordero. Gracias a la sangre del cordero pascual, los hebreos fueron rescatados de la esclavitud de Egipto. El cordero era lo ideal para el sacrificio y la redención, pero sólo servía para una persona o para una familia, no para toda la nación; por eso cuando el rey Salomón ofreció sacrificios por el pueblo, ofreció miles de toros y corderos. Para la redención de la humanidad se necesitaba un cordero, uno solo, sin mancha, perfecto y al mismo tiempo que fuera sacerdote, como leemos en la carta a los hebreos, "santo, sin tacha ni mancha, apartado de los pecadores, ensalzado sobre el cielo"(Heb 7,26).

     ¿Quién podría ser? Ya en el Antiguo Testamento, cuando el profeta Jeremías es perseguido por sus enemigos, se comparaba con un "cordero, al que se lleva al matadero" (Jer.11, 19). El profeta Isaías habla más patéticamente de un ser perseguido, despreciado y curtido en el dolor que "como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca" (Is 53,7). Este texto, que subraya la humildad y la resignación del siervo, anunciaba de la mejor manera el destino de Cristo, como lo explica Felipe al eunuco de la reina de Etiopía en los Hechos de los Apóstoles (Hch 8, 31.35). Al mismo texto de Isaías se refieren los evangelistas cuando, en el relato de la pasión, recalcan que Cristo "se callaba" delante del Sanedrín (Mt 26,63).

     Sin duda alguna Juan el evangelista coloca en la boca del Bautista toda esta doctrina y tradición y le hace expresarse de esta manera: "Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Mas sabemos ya que este cordero inmolado por la salvación del mundo sería exaltado y adorado para siempre. Así nos lo demuestra el libro del Apocalipsis, "digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza" (Ap 5, 12). Ahora, el Cordero triunfante se convertirá en pastor para conducir a los fieles hacia fuentes de agua viva (Ap 7, 17).

      Como lección práctica para nuestra vida podemos aprender que se logra más con la humildad, con la sencillez que con el poder y la arrogancia. Si aplicamos esta doctrina a nuestra vida diaria nos quedaremos sorprendidos de los buenos resultados que produce. Amemos a todos con abnegación y cambiaremos el mundo.



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