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Tercer Domingo después de Epifanía

Amós 3, 1-8
Salmo 139, 1-17
1Corintios 1,10-17
Mateo 4, 12-23

     En los evangelios de los últimos domingos hemos oído la voz del Bautista. Con voz de trueno y vida austera anunciaba la venida de uno mucho más grande que él. Esa persona ha llegado, es el Mesías, que según el evangelio de hoy, empieza a actuar. Con su llegada la luz brilló a quienes se encontraban en la tierra y en sombras de muerte. Y ¿cuál va a ser el mensaje de su predicación? Jesús comenzó a predicar diciendo: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos". Para recibir el mensaje divino es necesario ante todo una conversión interior. Sin ella nos encontramos en el reino de las tinieblas, seguimos actuando a nuestro propio antojo y según las inclinaciones más bajas.

     ¡Cambiad vuestra manera de actuar, cambiad vuestras vidas y viviréis, porque sin daros cuentas se irá estableciendo el reinado de Dios!

     Dios podría establecer en la tierra un reinado celestial. Podría hacerlo si él quisiera. Tiene el poder, pero, desea la colaboración humana. Quiere que nosotros mismos seamos los colaboradores de nuestro propio destino. Por eso empieza Jesús su programa apostólico reclutando discípulos. "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres".

     A continuación Mateo describe rápidamente las actividades de Jesús: recorría toda Galilea, enseñaba en las sinagogas y proclamaba la buena noticia del reino y curaba entre el pueblo toda clase de enfermedades y dolencias.

     La Buena Noticia que había llegado a todos por igual les abría el camino de la conversión a Dios y de la salvación.

     Hoy, después de dos mil años de predicación y de reflexión bíblica podemos preguntarnos, ¿cómo se ha realizado el programa de Jesús? Al parecer la predicación de Jesús no caía sobre seres angélicos o perfectos, sino sobre seres humanos, débiles y ciegos a las realidades divinas.

     Desde los primeros titubeos evangélicos vemos ya a las primeras comunidades cristianas divididas. A Pablo, el gran apóstol de las gentes, todo eso le partía el corazón. Así clama a los de Corinto: "os ruego que estéis de acuerdo y que no haya disensiones entre vosotros". El mensaje esencial de Pablo es que el Mesías prometido a los judíos se envía a todos los seres humanos. Es absurdo hacer de él bandera de un bando frente a otros, creando banderías en Corinto. El Mesías ni está dividido ni es monopolio de un grupo. Al parecer se habían formado en Corinto varios partidos. El de Pablo, fundador de aquella comunidad; el de Pedro, cabeza durante cierto tiempo de la comunidad de Jerusalén. El de Apolo, judío helenista de Alejandría, muy versado en la Escritura y relacionado con el movimiento del Bautista (Hch 18,25). Y el del Mesías, legítimo en sí, pero deformado por actitudes polémicas e intransigentes.

     Estas disensiones iniciales no hicieron más que sentar el precedente de lo que estaba por venir. En los dos mil años de cristianismo hemos visto de todo: bueno y malo. Con frecuencia nos gusta recalcar las tintas sobre todo lo malo que ha sucedido, cuando en realidad el bien supera con creces a todos los errores cometidos. Los desatinos cometidos, tanto de malas interpretaciones de la voluntad de Jesús, como de abusos de poder por parte de la jerarquía, con las cruzadas, inquisiciones, castigos excesivos, todo tiene una raíz común: el no haber aceptado la conversión interior que nos pedía Cristo al principio de su predicación. Más aún, no hemos aceptado el ejemplo de su vida. No hemos aceptado el gran sacrifico que realizó en la cruz por nosotros. Pablo nos preguntaría, hermanos ¿quién ha muerto en la cruz por vosotros?

     Hoy día el cristianismo sigue dividido y la causa de tal división es la misma. Preferimos seguir a un teólogo, a un obispo, a un papa, a un líder que nos cautiva con su florida predicación, pero no aceptamos el sacrificio abnegado de entregar nuestra vida al servicio del evangelio, al servicio de los necesitados, de los humildes, de los explotados. Recientemente todos hemos conocido a una viejita de rostro arrugado, pequeña, y encogida, que se llamaba Teresa. La Madre Teresa. Esta mujer, con el ejemplo de su vida, cautivó el amor y la admiración de todo el mundo. Podríamos decir que todos a una, creyentes y no creyentes, coincidimos en reconocer que fue una santa. Y ¿por qué hemos de estar todos de acuerdo en un caso como éste? Sencillamente, porque la Madre Teresa aceptó la cruz de Cristo. Esa cruz la condujo a la luz que todo lo ilumina.



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