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Segundo Domingo de Pascua

Job 42, 1-6
Salmo 111
Hechos 5, 12a, 17-22, 25-29
Evangelio según San Juan 20, 19-31

Las lecturas de los domingos de Pascua están tan llenas de enseñanzas que se convierten en "pequeños catecismos" que ayudan a penetrar un poco los misterios de nuestra salvación.

Vamos a centrarnos en la primera lectura del libro de Job, aunque aparentemente esta lectura no fuera una de las que normalmente uno escogiera para después de la Pascua. Pero en realidad lo es, y por varias razones:

El libro de Job es usado en el Rito de un entierro cristiano cuando el sacerdote, al comienzo de la liturgia, recita las siguientes palabras: "De mi parte, yo sé que mi Redentor vive y que al final se levantará sobre la tierra. Después de mi despertar, me resucitará y en mi carne veré a Dios".

En el pasaje de hoy, escuchamos las palabras de Job que reconocen la profundidad del misterio por el que ha pasado. Dirigiéndose otra vez a Dios, confiesa: "Hasta ahora, sólo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por eso me retracto arrepentido, sentado en el polvo y la ceniza".

Esta lectura nos prepara para escuchar el Evangelio donde vemos cómo sólo después de que Tomás toca las llagas del Señor resucitado y mete la mano en la llaga del costado, cree que Cristo ha resucitado.

La resurrección de Cristo fue un evento tan poderoso en la vida de los apóstoles que podemos observar, según Los Hechos de los Apóstoles, una gran transformación en la vida de la comunidad cristiana primitiva. Mas el poder de la resurrección de Cristo continúa en nuestras vidas y en nuestras comunidades, y eso es lo que quiero enfatizar.

Si los evangelios, son unos "pequeños catecismos" que tratan de enseñarnos algo importante y nuevo, y si también son la palabra de Dios que tiene significado no sólo para el pasado, sino también para el presente y el futuro, ¿cuáles son las enseñanzas pertinentes que encontramos en el Evangelio de hoy?

Lo primero que nos enseña es que el Cristo que murió y resucitó de entre los muertos, está presente en los que sufren y tienen en sus cuerpos y almas las cicatrices de los sufrimientos. Así como Tomás creyó que Cristo había resucitado después de tocar su cuerpo, Cristo nos invita a seguir experimentando su presencia en el mundo cada vez que extendemos nuestras manos y tocamos con amor y compasión a los que sufren en el mundo.

Lo siguiente viene del capitulo veinticinco del Evangelio según San Mateo; Jesucristo dice a sus discípulos que cada vez dan de comer a un hambriento, de beber a un sediento, y visitan a un enfermo o a alguien en la cárcel o muestran amor al más insignificante de los hermanos, se lo hacen a Él. Jesucristo se identifica en los evangelios con el marginado, enfermo, rechazado, y despreciado por la sociedad. Y nos invita a continuar observando esa identificación.

La segunda enseñanza de este Evangelio es que nosotros, aunque no hemos tenido la oportunidad que tuvieron los apóstoles de tocar y reconocer al Cristo resucitado, se nos considera como "dichosos" pues hemos creído sin haber visto. Creemos porque sabemos que Cristo murió y resucitó por nosotros. Y creemos con una fe tan fuerte y segura que a la hora de la elevación durante la consagración algunos repiten las mismas palabras de Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!"

La Iglesia nos invita a ser personas de fe, es decir, a creer que Cristo resucitó de entre los muertos y a reconocer su presencia no sólo en los símbolos sacramentales sino también en las hermanas y hermanos que en nuestro mundo cargan las llagas del Cristo. Por sus llagas todos hemos sido sanados, o seremos sanos si tomamos en serio su mensaje. Amén.



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