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Cuarto Domingo después de Epifanía

Miqueas 6,1-8
Salmo 37,1-6
1Corintios 1, (18-25) 26-31
Mateo 5,1-12

Las lecturas de hoy nos hablan del infinito amor que Dios siente por su pueblo. El profeta Miqueas presenta al Señor cuestionándose, de una manera triste y dolorosa, por la razón del rechazo y abandono de su pueblo. "Respóndeme, pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he molestado?"

Después de haber realizado tanto por su pueblo ¿se mantendrá Dios fiel a la alianza con Israel? El pueblo de Israel, debido a sus constantes quejas, es responsable del pleito iniciado por el Señor. Dios invita a toda la creación para que sea testigo del juicio.

En respuesta a las acusaciones de las gentes, Dios les recuerda las ocasiones en que les liberó de la esclavitud y de la destrucción. Dios reta a su pueblo a acordarse de esos eventos. El primero es el éxodo de Egipto; el segundo hace referencia a los sucesos ocurridos en la toma de posesión de la tierra prometida.

Aparentemente el recuerdo de esos acontecimientos le permite a Israel volver a sus sentidos y decide cambiar su comportamiento ante Dios. Una vez más, es Dios quien toma la iniciativa y envía a su profeta para que empiece el proceso de reconciliación. El pueblo, por su parte, también envía a su representante. Este ofrece sacrificios de expiación que rápidamente escalan a lo irracional. Dios rechaza los sacrificios porque no son sinceros, e invita al pueblo a obrar el bien, la justicia y a caminar humildemente con Dios.

Tanto Mateo como Pablo nos exhortan a poner nuestra confianza en Dios y no en la falsa sabiduría del mundo. Lo que nosotros consideramos sabio, noble, efectivo e importante quizás no cuente para nada; y lo que sí cuenta es algo que está completamente fuera de nuestro control. Lo que verdaderamente cuenta es nuestra fe en Jesucristo que murió para que nosotros tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Las bendiciones y la buena fortuna pertenecen a las gentes más extrañas: a los humildes, los pobres de espíritu y a los que buscan la justicia y la paz.

En la carta a los corintios, Pablo comienza rechazando la sabiduría del mundo que ha rehusado "conocer" a Dios. Conocer a Dios en este contexto significa entender y seguir a Dios con todo el corazón y completamente hacerlo parte de nuestra persona y de nuestra vida. La sabiduría del mundo que Pablo rechaza no es la tradición de los judíos, sino la sabiduría de los filósofos griegos y de los gnósticos cuyas ideas estaban afectando la fe de los creyentes en la comunidad de los corintios.

La sabiduría de los de Corinto rechaza a Dios y a Jesucristo porque no puede entender la cruz. El mundo en el que vivimos hoy también rechaza y se niega a conocer a Dios, no tanto por no entender el misterio de la cruz, sino porque es un mundo en el que tenemos una falsa sensación de seguridad y autosuficiencia.

Sin embargo, Jesucristo nos recuerda en el sermón de la montaña, que el Reino de los Cielos no pertenece a los orgullosos, autosuficientes, ni a quienes creen saberlo todo sino a los humildes, ignorantes, en una palabra, a quienes se han vuelto como niños.
"De modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor", dice Pablo.

Los pobres, los que lloran, los humildes de corazón, los pacientes, los hambrientos y sedientos de justicia y paz, los compasivos, y los que son perseguidos, despreciados y humillados, son los que quiere Dios en su reino.

Dios quiere que todos y cada uno de nosotros formemos parte de su Iglesia y de su Pueblo. Sigue llamando a hombres y mujeres de todas las edades, razas y condiciones sociales a formar parte de su reino. Lo que tenemos que hacer es decidirnos a conocerle y a seguirle. Escuchemos otra vez las palabras que Dios nos dirige a través del profeta Miqueas: "Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan sólo que practiques la justicia, que seas amigo de la bondad, y te portes humildemente con tu Dios" (Miq 6,8).



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