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Último Domingo después de Epifanía

Exodo 24,12, 15-18
Salmo 99
Filipenses 3,7-14
Mateo 17, 1-9

Todos los años el leccionario nos presenta la transfiguración del Señor como la culminación del tiempo de la Epifanía y como anticipación del tiempo de la Cuaresma, para que tengamos presente que Jesús, desde el primer momento, tuvo poder de transcender todo dolor y sufrimiento.

Las lecturas de este domingo están estrechamente conectadas. Mateo nos presenta a Jesús en circunstancias semejantes por las que pasó Moisés (Ex 34,54) La gloria del Señor se manifiesta a los israelitas como fuego temible, a Moisés como nube misteriosa y accesible.

En el evangelio Moisés es nombrado antes que Elías. Tanto Moisés como Elías son personajes muy importantes no sólo para la tradición judía, sino también para, comparativamente, entender mejor y corroborar afirmativamente el ministerio de nuestro señor Jesucristo, en quien se da la culminación de toda la historia pasada.

Las controversias y hostilidades que generaban la predicación de la Buena Nueva de Jesús necesitaban ser contrarrestadas con fenómenos semejantes a los ya aceptados por las autoridades judías, y aún superarlos. La transfiguración que experimentó Jesús en el monte alto convalida su ministerio. Moisés representa lo más importante a los ojos de los judíos: la Ley. Elías, por su parte, representa a los profetas quienes son los portadores y heraldos de la ley.

La mayoría de los teólogos están de acuerdo en que es imposible decir qué pasó exactamente en este evento del ministerio del Señor. La cultura del mediterráneo de aquél entonces ofrece algunas notas que nos pueden ayudar a entender.

El honor era el valor más importante en la cultura del mediterráneo en la que Jesús desarrolló su ministerio. El poder que Jesús demostró sobre los demonios, le dio la capacidad sólida de reclamar una posición de honor en ese ambiente. Esta posición de honor contrasta con su origen humilde del que se valieron muchos para humillarle.El poder que Jesús tiene sobre los demonios lo pone al mismo tiempo en una posición de peligro.

Nadie se atrevió a negar la autoridad de Jesús (Mt 13, 54), pero muchos líderes cuestionaban el origen de su autoridad (Mt 21,23). Algunos llegaron a la conclusión de que el príncipe de los demonios le ayudaba (Mt 9,34).

Para complicar más las cosas, el poder pertenece al reino de la política. En los evangelios, los milagros de curación y los exorcismos que Jesús realiza, son vistos por la mayoría de sus amigos, seguidores y enemigos como actividades políticas. Esa es la preocupación que intriga a los fariseos en el capítulo veintiuno de san Mateo. ¿Con qué autoridad haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado tal autoridad? (Mt 21,23). No podemos olvidar el hecho de que las actividades políticas no autorizadas podían conducir a la muerte. Jesús se expone a ese peligro a lo largo de todo su ministerio.

Jesús conocía estas posibles consecuencias. Después de la confesión de Pedro reconociendo a Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16), "Jesús, a partir de entonces comenzó a explicar a los discípulos que habría de ir a Jerusalén, padecer mucho por causa de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y al tercer día resucitar"(Mt16, 21). Completamente convencido de su ministerio, Jesús estaba también convencido de que Dios le daría al final una vindicación honorable. Jesús es resucitado y exaltado por el Padre. Este es el máximo honor.

Pedro, Santiago y Juan son los privilegiados al tener parte en la transfiguración del Señor. Comprenden que Jesús ha arriesgado demasiado en su apostolado, como quien vive al borde del peligro en todo momento, pero que al mismo tiempo mantiene una posición favorable ante el Padre.También aprenden que Jesús es una persona honorable cuyas actividades son agradables a Dios.

La transformación física de Jesús nos recuerda la que experimentó Moisés al volver del monte Sinaí con las tablas de la Ley (Ex 34,29). Tanto los judíos en el éxodo, como los discípulos en la teofanía de la transfiguración del Señor, quedan transformados ante la presencia de Dios.

Nosotros también podemos ser transformados por la presencia divina mientras celebramos la Santa Eucaristía. Esta transformación tiene que ser auténtica y radical. No se trata de una simple transformación física. Se necesita una conversión de corazón. Eso es lo que quiere el Señor de cada uno de nosotros.



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