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Séptimo Domingo de Pascua

Hechos de los Apóstoles 16, 16-34
Apocalipsis 22, 12-14, 16-17, 20
Evangelio según San Juan 17, 20-26

La lectura del Evangelio es la última parte de una oración que se ha llamado la oración del Sumo Sacerdote, Jesús. Es la conclusión del discurso de despedida de Jesús. Jesús dice adiós a sus apóstoles, a sus amigos y desea que se mantengan unidos en el amor. Palabras llenas de emotividad. Palabras pronunciadas antes de la crucifixión. Es un mensaje que los discípulos deben recordar siempre.

Jesús reza por la unidad de la Iglesia. Una unidad que no ha de lograrse por una unión superficial de las denominaciones, tras un esfuerzo humano, sino que ha de estar fundamentada en la participación común de los sacramentos y de la palabra de divina.

La primera parte del Evangelio busca una unidad aquí en la tierra, la segunda mira a una unidad perfecta y total en le más allá, en la gloria.

Ahora bien, ¿Será posible una unidad total aquí en la tierra? ¿Una unidad de todas las denominaciones bajo una gobierno universal, algo así como un imperio? Más aún, ¿será conveniente? Tal vez no. La historia de la Iglesia nos ha demostrado que con gobiernos totalitarios se comenten muchos abusos. No hay libertad de pensamiento ni de expresión. La verdad está aprisionada. En el pasado, en nombre de teologías hoy trasnochadas, se ha quemado a mucha gente. Personas que fueron tenidas por herejes, hoy descubrimos que tenían la razón.

Por otra parte, el mundo del negocio nos demuestra que la competencia es buena y sana para el progreso y adelanto de la sociedad. Esto lo podemos observar también en las denominaciones cristianas. En aquellos países donde, en el pasado, una denominación cristiana tenía el monopolio religioso, los líderes religiosos, con frecuencia, caían en la inanición, en la desgana y en la vagancia. Cuando, finalmente, se estableció la libertad religiosa, otras denominaciones pudieron demostrar su religiosidad y estilo de vivir el cristianismo. Entonces se dio un despertar y resurgir en aquellos que habían vivido durante años en un descanso letárgico.

La competencia en las denominaciones cristianas es buena, cuando no está dominada por un proselitismo malsano y egoísta. La competencia: el compartir experiencias e ideas es bueno y nos lleva a todos a amar a Dios y al prójimo mejor. En otras palabras, los episcopales pueden aprender de los bautistas, y éstos de los episcopales. Los católicos pueden aprender de los luteranos, y éstos de aquellos. Y así sucesivamente. De hecho en los últimos cincuenta años todas las denominaciones se han acercado un poco en la práctica litúrgica, pastoral y espiritual. Esto es hermoso, que todos aprendamos unos de otros para el bien común.

La unidad de la Iglesia cristiana aquí en la tierra prácticamente ya existe. Todos creemos en el mismo Dios, en el mismo Hijo del Padre que vino a la tierra a darnos ejemplo de vida, murió y resucitó por nosotros. Esto es lo esencial. Lo demás son especulaciones teológicas, teorías que hoy valen y mañana no. Desaparecen con los cambios culturales. Jesús tuvo que atacar, una y otra vez, el fariseismo, el legalismo. Lo esencial de la unidad cristiana reside en el amor a Dios y al prójimo de todo corazón como Cristo nos amó. Amén.



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