Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Domingo de Pentecostés

Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
1Corintios 12, 4-13
Evangelio según San Juan 20, 19-23

Ven, Santo Espíritu, eterna luz de inspiración, divina unción espiritual, tu septiforme don dános hoy. Tu luz perpetua alumbrará, del corazón la ceguedad. A nuestras almas unges de gracia y celestial virtud.

Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo, del Consolador, del Paráclito, de la tercera persona de la Trinidad. Mas ¿quién es y qué significa? Tal vez haya personas que partícipen en la Iglesia de manera regular, que siguan todos los reglamentos, que contribuyan en efectivo, mas no vivan la vida del Espíritu en toda su plenitud. ¿Alguno de nosotros será de esos cristianos con buenas intenciones, cómodos en su religión, mientras el mundo les pasa de lado? O, en otras palabras, ¿notamos que algo nos falta en nuestra vida espiritual? ¿Quizás nos falte la vida viva del Espíritu Santo?

Tener el Espíritu Santo es ser cristiano en espíritu, no en forma. ¿Parece complicado? En realidad, no lo es. Significa vivir el cristianismo de hecho, no de ceremonia. Uno puede ser miembro del club de los rotarios, cumpliendo sus estatutos, sin que su vida quede alterada. El cristianismo es distinto. Es un modo de vivir y de tener una perspectiva diferente del mundo. Un cristiano verdadero vive la religion, la encarna.

Considero que la mayoría de los presentes somos cristianos en espíritu. El inicio se da en el bautismo, y continúa durante toda la vida, con momentos decisivos, como el de la confirmación. El camino incluye momentos de miedo, de duda. Mas esas tribulaciones fortalecen nuestra fe, como les sucedió a los apóstoles.

Ellos, a diferencia nuestra, vivieron con Jesús, recibieron su entrenamiento, y sabían que tenían que difundir un mensaje. Habían tenido momentos buenos y malos. Pedro negó al Señor, y otros lo abandonaron. Fueron testigos de la resurrección, pero cuando subió a los cielos, sintieron el vacío. Se llenaron de temor y, hasta cierto punto, de indiferencia. Mas de repente, el Espíritu Santo se derramó sobre ellos, y sus vidas se conviertieron en llamas de fuego. Los apóstoles quedaron transformados. Una fuerza misteriosa los llevaba a realizar obras insospechadas y a compartir todo lo que habían experimentado con el Señor.Ya no eran teorías, era la vida que habían experimentado y ahora vivían en plenitud. La Iglesia nació y se desató un poder que sigue cambiando al mundo.

El Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles el día de Pentecostés. La Iglesia nació. El Espíritu Santo desciende sobre nosotros, pero ¿ocurrirá algo ahora? ¡Claro que sí, todo puede suceder! El Espíritu Santo nos transformará a imagen de Jesús. Eso significa que cuando invitamos al Espíritu a que more en nuestros corazones, sentímos como Jesús, y vemos el mundo con sus mismos ojos.

¿Seremos todos iguales? No, cada uno será distinto, cada cual con su propia perspectiva. Mas, gracias al Espíritu podremos respetar nuestras diferencias. Podremos esparcir la palabra de Dios juntos. Este es el gran tesoro de la Iglesia, la habilidad de compartir opiniones, y llegar a un acuerdo.Tener al Espíritu Santo actuando en la vida de la Iglesia, es tener una crítica constructiva. Si logramos acuerdos, a pesar de las diferencias, es obra del Espíritu.

En nuestra Iglesia, solo debiera caber la creatividad: diferentes estilos de culto, variedad litúrgica, silencio y meditación, y, a la vez, gozo y alabanza. Recordemos cómo personas de distintos países pudieron entender a los apóstoles, cada cual en su propio idioma. Eso es lo que ocurre en una Iglesia llena del Espíritu Santo.

El Espíritu es como el viento que sopla por doquier. Una Iglesia llena del Espíritu se derramará por todas las partes, intentará nuevos modelos de ministerio. Nuestra Iglesia quiere ser así. Nuestra Iglesia quiere difunidr el Espíritu Santo en el vecindario, en las escuelas, en las cárceles, en el hogar y en el trabajo. Si permitimos que el Espíritu Santo obre en nosotros, compartiremos el amor de Jesucristo en todo tiempo y lugar, seremos una llama viva de su amor, y todos podrán ver la luz de Cristo en nosotros.

Oremos: Oh Espíritu Santo, consúmenos con tu llama divina, purificándonos de todo lo que nos aleje de ti. Queremos soñar, queremos visiones. Danos la gracia de un mundo justo y santo. Queremos ser una llama que nunca se apague, una luz para el mundo. Amén.



Back to Top