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Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 12,1-8
Salmo 33,12-22
Romanos 4,15 (6-12) 13-17
Juan 3,1-17

Las lecturas del Miércoles de Ceniza y del primer domingo de la Cuaresma nos invitaron a acompañar a Jesús camino hacia la cruz. Este segundo domingo de Cuaresma pone nuestra peregrinación en contexto.

La lectura del libro del Génesis menciona el épico viaje de nuestro padre en la fe, Abraham, quien escuchó la voz de Dios y aceptó formar parte del arriesgado pero fascinante plan de salvación del género humano. Nosotros formamos parte de esa tradición y estamos invitados a continuar ese viaje.

La estación de la Cuaresma es tiempo de reflexión y profundización de cómo entendemos nuestro discipulado y compromiso con Jesucristo. En la Iglesia primitiva, los catecúmenos (personas que se preparaban para recibir el sacramento del bautismo) vivían estos cuarenta días como el último periodo de preparación para ser bautizados en el amanecer del domingo de Resurrección.

Muchas iglesias todavía recuerdan esa práctica durante la Cuaresma preguntándose: ¿Qué indica el bautismo-discipulado? Significa que nosotros nacemos dentro de una familia que nos ayuda a encontrar esperanza en la noticia de una vida nueva. Esta vida nueva posiblemente esté llena de dificultades, pero nos ofrece la posibilidad de andar en el camino trazado por Jesucristo.

La primera lectura de hoy le permite a la Iglesia echar un vistazo a la historia del Pueblo de Dios como quien hojea un álbum familiar. Y vemos el retrato de dos de nuestros ancestros, Abraham y Sara, con quienes, nosotros los cristianos, tenemos una relación estrecha.

Sus retratos aparecen sólo después de las narraciones del diluvio y la torre de Babel. La segunda de ellas condujo a Dios a dispersar a la humanidad por toda la tierra. Sin embargo, es en ese preciso momento en el que Dios empieza a reunir a las gentes que están dispersas por el mundo entero. Lo hace escogiendo a Abraham como padre en la fe. De él y de su esposa Sara, Dios formará a su pueblo.

Mirando a esta historia, en contraste con la visita de Nicodemo a Jesús y la invitación a nacer de nuevo, quizá pudiéramos llamarla la primera versión del misterio del nuevo nacimiento. La historia ofrece una clara noción de que en esta nueva relación entre Dios y la humanidad, habrá muchas sorpresas.

Abraham, quien parece no tener ningún conocimiento anterior de este Dios de peculiares características, sin pensarlo dos veces, empaca sus tiendas, reúne a toda su familia y se marcha hacia un territorio desconocido.

En la carta a los Romanos, Pablo está ocupado en la explicación del pasaje de la primera lectura. Explica que Abraham se convierte en la fuente de bendiciones para todos sus descendientes, porque tuvo fe en Dios. Fue la fe en Dios y no el cumplimiento de la ley, lo que convirtió a Abraham en padre de "muchas naciones".

El pasaje del Evangelio de Juan es quizá otra página de nuestro álbum familiar: Nicodemo aparece perplejo, como muchos de nosotros, ante las palabras de Jesús. Este líder de los judíos se acerca al verdadero líder, Jesús. Mientras Jesús trata de explicar el misterio de ese "nosotros" que parece reunirnos a todos en una relación de amor, Nicodemo simplemente no puede entender la nueva doctrina.

Jesús habla, en primera instancia, de la humanidad a la que le ofrece vida nueva. Toda la humanidad puede entrar en el nuevo Reino, puede nacer de nuevo de lo alto, puede oír el viento soplando, y puede alcanzar vida eterna. Luego Jesús habla de sí mismo, del papel que desempeña en el regalo de la nueva vida. Habla de aquél que bajó del cielo. Después habla de la serpiente que Moisés levantó en el desierto en contraste con su muerte en la que él mismo será levantado en el madero de la cruz. Entonces todo el que crea en él tendrá vida eterna. (Jn 3,15).

El centro de toda esta conversación es que la vida nueva es posible para toda la humanidad porque Jesús tuvo la voluntad de ser elevado en la cruz, y luego ser resucitado y ascender al cielo. Al ser elevado, la humanidad recibe vida nueva.

Ojalá que todos nosotros nos preparemos para esa vida nueva que Dios nos ofrece. No perdamos la fe mientras caminamos por esta vida. Caminemos guiados por el ejemplo que nos dio Jesús.



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