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La Santísima Trinidad

Isaías 6, 1-8
Apocalipsis 4, 1-11
Evangelio según San Juan 16, (5-11) 12-15

Hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad. Fiesta fijada por el Papa Juan XXII en el año 1334. Ya, varios siglos antes, los monjes benedictinos daban culto a la Trinidad. Un culto que respondía al interrogante que todo ser humano se formula: ¿Quién es Dios?

¿Qué significa esa pregunta en nuestro mundo? Los cristainos encontramos la respuesta en Jesús, que mostró al mundo el rostro de Dios, y su proyecto salvífico. Ese plan universal de salvación comienzó con el Padre creador, se realizó en la persona del Hijo, y lo continúa el Espíritu Santo que sostiene a la Iglesia.

Esa pregunta siempre ha sido muy importante en la historia de la humanidad. Del politeísmo egipcio surgió un faraón, Akhnaton, convencido de que Dios era uno, y que su símbolo era el disco solar. Y aunque el pueblo egipcio abandonó su postura, influyó mucho en otras culturas. Varios de los salmos de David tienen una asombrosa similitud a los himnos dedicados al sol, compuestos por el piadoso Akhnaten. Los griegos tenían un panteón de dioses, viviendo en el Monte Olimpo. Cada dios representaba más los caprichos humanos que la naturaleza divina.

Mas, aunque Dios colocara el deseo de conocerle en todo ser humano, tal vez utilizara al pueblo judío, para auto-revelarse. Por ello, creemos que la respuesta a esa pregunta comienza con su llamado a Abrahán, y continuó a lo largo de la historia del pueblo israelita. Lo fueron comprendiendo poco a poco y a duras penas. Por fin, se dieron cuenta de que Dios era único y que los otros dioses eran falsos.

Jesús cambió la situación siendo más claro, dijo: nuestro Dios es un papá, abba, un término de cariño. Y continuó: Dios es Padre. Me envió, yo soy su Hijo. Soy igual que él, porque el Padre está en mí, y yo en él. Al final de su vida, menciona y promete repetidamente al Espíritu Santo que vendrá después para fortalecer en la fe a sus discípulos. Jesús no mencionó la palabra trinidad, pero la realidad de las tres Personas divinas aparece en sus labios.

Jesús nos envía a bautizar en su nombre. En el bautismo comienza nuestra confesión de fe. Es el Espíritu Santo, esa tercera persona misteriosa que recibimos en el sacramento del batusimo, quien nos une al amor de Dios, y a los miembros de la comunidad cristian.

Nuestros credos no son más que una respuesta a lo que Jesús nos revela. Creo en Dios, Padre, todopoderoso, creador del cielo y la tierra. Creo en el Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, Dios verdadero de la misma naturaleza que el Padre. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo.

Esta es nuestra fe cristiana, fe trinitaria, fe rica en misterio, y comunidad. Una fe que nos sostiene durante nuestra existencia terrenal. Y sin embargo, persiste la tentación de buscar a otros dioses. Parece que no estamos satisfechos con la Trinidad, parece que queremos más dioses. ¿Cuántos de nosotros seguimos a las divinidades materiales del dinero, del poder, o de la misma ciencia, que en vez de ser instrumento para conocer la maravillosa creación de Dios, se convierte en su propio dios, que considera a nuestro Padre celestial como superfluo. ¿Cuántos de nosotros seguimos filosofías esótericas, sin sumergirnos en la riqueza de nuestra tradición doctrinal? El que haya percibido la gloria del Dios cristiano, nunca podrá sustituirlo por otro. El que se aburre y lo abandona, es que en realidad no lo ha conocido.

La Santísima Trinidad es el gran misterio de Dios. Tres Personas distintas en una naturaleza divina. Dios se nos revela y muestra su rostro de amor. Dios dentro de sí, en su vida íntima, es una comunicación de amor, el Padre amando al Hijo, el Hijo amando al Padre, y el Espíritu Santo, enlace de ese amor. Y al mostrarnos su rostro, espera que igual a él, seamos una comunidad de amor. Así como las tres Personas divinas están en constante diálogo, Dios espera que también nosotros seamos una comunidad de amor, y que al serlo difundamos su reino.

Sólo comprenderemos la Trinidad cuando nos enfrentemos con Dios cara a cara, pero sí podemos vivir el efecto de ese misterio, el amor, un amor tan intenso, que provocó la creación del universo para que pudiese ser compartido. Busquemos el rostro único del Dios vivo. Unámonos al rey David cuando exclamó en el salmo 33": ¡Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor! Amén.



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