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Propio 6

2 Samuel 11, 26-12,10, 13-15
Gálatas 2, 11-21
Evangelio según San Lucas 7, 36-50

Jesús aceptaba la hospitalidad de todos: justos y pecadores. Todos necesitaban escuchar la palabra de Dios. En el pasaje evangélico de hoy vemos a Jesús aceptando la invitación de ir a comer en casa de un fariseo llamado Simón. No sabemos si la intención de Simón era sincera, pero al final de la cena, Simón aprendió algo nuevo sobre sí mismo que no había considerado anteriormente.

En tiempos de Jesús, cuando alguien importante era invitado a cenar, los vecinos se acercaban a la casa para observar y escuchar lo que decían. Como muchos de los salones estaban abiertos al aire libre, a veces era posible participar en la conversación. Así se explica cómo esta mujer pudo acercarse a Jesús, pues las mujeres no eran invitadas a semejantes banquetes. Los rabinos judíos nunca hablaban con mujeres en público, y tampoco comerían con una mujer en público. A una mujer como esta, jamás se la hubiera invitado a ir en casa de Simón. No sabemos nada de su vida. El relato evangélico nos dice que era una pecadora..

La mujer lo admitía y daba testimonio de haberse arrepentido. Había experimentado una profunda transformación, tal vez, tras haber escuchado a Jesús en otras ocasiones. Sus lágrimas, su actitud humilde, y el perfume caro, daban evidencia de un cambio de corazón. Simón, sin embargo, se sintió avergonzado ante a los invitados con la presencia de una mujer. Y empezó a durar. ¿Cómo podría ser Jesús un gran profeta y maestro de la ley si no se daba cuenta que una mujer pecadora le estaba ungiendo los pies? ¡Jesús tenía que ser un fraude!

Mas resulta que quien tenía un problema no era la mujer, sino Simón que sufría de ceguera espiritual. Le era fácil decir: "¡Es una pecadora! ", mas le era imposible admitir: "¡Yo también soy un pecador!" Jesús demostró que sí era profeta revelando los pensamientos de Simón.

Este episodio no tiene nada que ver con el número de pecados cometidos por una persona, sino con el ser consciente de nuestro estado interior. Tanto la mujer como Simón eran pecadores. Mientras que la mujer probablementre era culpable de pecados carnales, Simón era culpable del orgullo, y ceguera espiritual. Mientras la mujer pecó por comisión, Simón, con su falta de hospitalidad con Jesús, pecó por omisión. Mientras todos conocían los pecados de la mujer, los de Simón permanecían ocultos a todos, menos a Dios. Aunque ambos eran pecadores, sólo la mujer era consciente de su estado espiritual.

Jesús penetró finamente en el interior del fariseo Simón; es como si le dijera: "Tú no eres capaz de dar muestras de amor como esa mujer, porque no sabes lo que es vivir el perdón de Dios como ella lo ha expeerimentado". Así Jesús aceptó el perfume y la conducta de la pecadora que demostraban mucha fe y sincero arrepentimiento. Por eso, Jesús confirmó con sus palabras el perdón que ella sentía en el corazón, y le dijo: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz". Por primera vez en su vida, la mujer sintió la paz que excede todo entendimiento, la paz que se siente cuando uno está en la gracia de Dios.

Esta mujer ha servido de inspiración a muchos a través de los siglos. Demostró que a Dios no le interesa tanto lo que hemos sido, como lo que podemos llegar a ser. Todos podemos ser hijos del Dios viviente si reconocemos nuestras faltas, y con fe aceptamos el perdón y la gracia divinas. Amén



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