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Tercer Domingo de Cuaresma

Exodo 17, 1-7
Salmo 95, 6-11
Romanos 5, 1-11
Juan 4, 5-26 (27-38) 39-42.

El evangelio de hoy narra el encuentro de Jesús con una mujer de Samaría. Un encuentro entre dos culturas, con tronco común, mas divididas por una historia que las conduce por distintos caminos. Pero lo asombroso de este evangelio es el cúmulo de sorpresas que nos ofrece Jesús con su conducta.

     Jesús se detuvo en Sicar donde existía un pozo, "el pozo de Jacob". Llega una mujer de Samaría a recoger agua y el Maestro le pide un poco de agua. La mujer se sorprende. Juan nos aclara: "Los judíos no se tratan con los samaritanos". Por la historia sabemos que no existía relación ni comunión entre ellos. Alguien ha escrito que "los judíos no tenían ninguna clase de compromiso con los samaritanos: no les pedirían nada prestado; no beberían del mismo vaso o sacarían agua del pozo que ellos extrajeran; no se sentarían a comer juntos, ni se alimentarían de la misma vasija; no tendrían conexión religiosa ni tratos comerciales con ellos".

     ¿Qué razón histórica podemos encontrar que justifique tanto odio entre dos pueblos semitas? Salmanasar, rey de Asiria, invadió la región de Samaría y sometió al rey Oseas. Este prometió obediencia y pagar tributo, mas no cumplió su palabra. En venganza, Salmanasar deportó a la población judía a Asiria, allí la población se mezcló con la cultura existente. Con el tiempo contrajeron matrimonio con los nativos e incluso prevaricaron de la religión olvidándose del Dios de Israel. Se trataba ahora de un pecado de idolatría. Esa fue la principal causa principal de una ruptura radical entre los dos pueblos hermanos. Judíos y samaritanos quedaron separados definitivamente.

      Cristo supera esos esquemas, frutos de incomprensión y de ignorancia religiosa. Entra en una ciudad de Samaría y entabla conversación con una mujer. Este es el primer hecho sorprendente. Un rabino no podía hablar en público con una mujer. Aquí vemos a Jesús quebrantando esa norma y ofreciendo indicios de liberación a la mujer que entonces era considerada como un objeto del hombre.

      La mujer samaritana está intrigada por la audacia de este hombre que, siendo judío y maestro de la Ley, le dirige la palabra. ¿Cómo es posible? Luego Jesús continúa el diálogo de una manera muy extraña. Habla de "agua viva", que apaga toda sed. La mujer ya convencida, le pide a Jesús esa agua fantástica, para no tener sed nunca ni tener que venir a sacarla del pozo. A continuación Jesús acaba por confundirla totalmente cuando le descubre los secretos de su vida: "has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido". Aquí nos sorprende la benevolencia de Jesús. No reprocha a la mujer el hecho de no estar casada. Jesús sabe muy bien, que con reproches no se llega muy lejos. Quiere llegar al fondo del problema, lo demás se resolverá por sí mismo. Se trata de dar culto a Dios en "espíritu y verdad".

       La mujer empieza a sacar conclusiones. Primero, "veo que eres profeta". Segundo, "puede que seas el Mesías". Pero la samaritana quedó convencida, sobre todo, porque "Me ha dicho todo lo que he hecho". Sabe toda mi vida. No me ha reprochado.
La samaritana se fue al pueblo y a voz en grito dijo a todos: He encontrado a alguien que "me ha dicho todo lo que he hecho". ¿Queréis verlo?, les pregunta a sus compatriotas. Estos, después de conversar con Jesús, le convencieron para que se quedara con ellos en su pueblo. Jesús se quedó dos días. Y muchos más creyeron al oírle predicar. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo".

       Todos podemos aprender del ejemplo de Jesús. Vemos que no condena a nadie, aunque sepa que están en pecado. Vemos que no rechaza a nadie aunque no sean de su religión y su mismo opinar. Jesús se los gana a todos con la compasión ilimitada que demuestra. Si nosotros imitáramos a Jesús lograríamos más en multitud de circunstancias. ¡Aprendamos de él!



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