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Cuarto Domingo de Cuaresma

Samuel 16, 1-13
Salmo 23
Efesios 5, (1-7) 8-14
Juan 9, 1-13 (14-27) 28-38

Dios nos desconcierta con sus decisiones. La historia de la Iglesia lo demuestra. Ya durante su ministerio, Jesús, en vez de escoger para su obra a maestros de la ley, a doctores, o incluso a filósofos, opta por unos pescadores, probablemente iletrados.

      La lectura del libro de Samuel ilustra el proceder divino. Samuel, por orden divina, se pone en camino hacia Belén donde hay un hombre llamado Jesé que tiene ocho hijos. De entre ellos, Dios va a escoger al próximo rey de Israel. Cuando llegó Samuel vio a uno de los hijos llamado Eliab, elegante y apuesto, y pensó: "Sin duda este será el próximo rey de Israel". Mas el Señor le dijo: "No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura". Dios no había escogido a ninguno de los siete hermanos presentes. "¿Se acabaron los muchachos?", pregunta Samuel. "No, queda el más pequeño de todos y es pastor", le responden. Pues bien, a ese ha escogido Dios. Ese es David.

      Este es un ejemplo maravilloso que demuestra cómo los caminos de Dios son muy distintos a los nuestros. Hemos de dejarnos guiar siempre por el faro de su sabiduría.

      El evangelio presenta a Jesús como luz del mundo. Es un evangelio cargado de detalles interesantes. Encontramos ironía, sarcasmo, tensión. El relato va presentando en clara progresión, los títulos de Jesús: maestro, enviado de Dios, profeta, mesías, hijo del hombre y, finalmente, Señor, título que le corresponde con toda propiedad, lo mismo que a Dios, su Padre.

      Según la creencia antigua, los sufrimientos de este mundo son fruto del pecado. Mas, ¿cómo un ciego de nacimiento pudo pecar antes de nacer? Los discípulos creyeron que los padres habrían pecado. Jesús les saca de las dudas. Ninguno pecó. El ciego con su ceguera va dar ocasión a que se manifieste la gloria de Dios. Jesús obra el milagro. El ciego recobra la vista, y todavía más importante, recobra la fe. "Creo, Señor", dijo el ciego. Ante el portento, algunos de los presentes creyeron, otros decidieron permanecer en la oscuridad.

      En la carta a los efesios, Pablo recomienda a los recién bautizados a que se mantengan como hijos de la luz. Han de buscar siempre lo que agrada a Dios, como son la bondad, la justicia y la verdad, que son fruto de la luz. Por el contrario, el que se mantiene en las tinieblas toma parte en obras estériles e incluso vergonzosas.

      Jesús, la Palabra de Dios, es la luz venida al mundo. Ante él, los seres humanos se dividen. Unos lo acogen y se hacen hijos de Dios, otros lo rechazan y permanecen en las tinieblas creadas por la sociedad.

      Dada la condición humana no vemos cercano el día en que desaparezcan las obras del pecado. Mientras el ser humano camine por este mundo, seguirá cometiendo errores y pecados, y con ello hiriendo a los demás y causando sufrimiento. ¿Cómo podemos aliviar el dolor originado por nuestros errores? ¿Cómo podemos mantenernos derechos por un camino recto? No es fácil, si deseamos lograrlo con nuestro propio esfuerzo.

      La ayuda divina se encuentra ahí siempre, a nuestro lado, a nuestra disposición. A veces, sería suficiente con cerrar un poco los ojos para ver una luz resplandeciente en nuestro interior. La luz de Dios que ilumina a quien a él se acerca. Con la luz divina todo se vuelve más fácil, incluso podemos ser felices, como tanta gente, entregada al Señor, lo ha sido. Nos viene a la mente la imagen de aquella pequeña señora, arrugada y encorbada, a quien se llamó la madre Teresa. Hemos de pensar que una luz divina iluminaba su caminar y daba energía a su débil cuerpo. El salmo de hoy lo expresa con estilo poético: "El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas". "Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan".



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