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Propio 9

Isaías 66, 10-14
Gálatas 6, 1-10, 14-18.
San Lucas 10, 1-12, 16-20

     Jesús congrega a setenta de sus discípulos y los envía de dos en dos a predicar la proximidad del reino de Dios. Las Escrituras están llenas de simbolismos que debemos estudiar en su contexto, o podemos ver a la luz de la cultura de nuestros días.

      En el mundo hebreo, los números tenían un sentido simbólico. No es casualidad que Jesús congregue a setenta de sus seguidores ni que los haga trabajar en parejas. Pensemos en los números que tienen significado en nuestros días.

     Nos encontraremos con que el número fundamental es el uno. Nuestra época es una era de individualidades, donde lo que le ocurra al individuo está por encima del grupo, de la comunidad. Uno es el que triunfa o el que fracasa, el que se enriquece o empobrece. Una es la medida de la sociedad. Pero uno es soledad, aislamiento, vanidad y autocomplacencia. El uno no tiene prójimo; no tiene compañía, amor o compasión. El uno no tiene más punto de referencia que sí mismo. Por tanto no siente amor por Dios, sino por sí mismo.

     Jesús envía a sus discípulos de dos en dos porque así se hacen compañía, porque el mensaje que deben difundir tiene más sentido si se explica en pareja. Las necesidades, las injusticias, las persecuciones, o los éxitos, son experiencias más ricas, cuando se comparten. El individuo contradice a la comunidad. La pareja es el fundamento de la comunidad.

     Para los hebreos, la comunidad era lo más importante. El cristianismo jamás se hubiera extendido si no hubiese sido en comunidad. Esto lo corrobora San Pablo en la epístola, cuando recuerda a la iglesia de Galacia que los cristianos deben ayudarse, en comunidad, a soportar las cargas. De esa manera cumplirán la ley de Cristo.

    El cristianismo se difundió rápidamente porque los primeros cristianos, en vez de actuar individualmente, en vez de preocuparse por sus carreras y satisfacciones personales, pusieron todo su entusiasmo, toda su energía, en el enriquecimiento de la comunidad.

    Pero hay otro sentido en las lecturas de hoy. En tiempos de Jesús se creía que setenta era el número total de los pueblos gentiles, es decir, de todas las nacionalidades que no fuese la hebrea. Jesús está así subrayando que el mensaje del reino de Dios, no es sólo para los judíos, sino para todos los pueblos. El reino de Dios es universal. La libertad que viene implícita en el mensaje no es sólo para los judíos que soñaban con liberarse del yugo romano, sino para que todos los pueblos se liberen del yugo del pecado.

    Jesús sabe que el mensaje no será bien recibido en todos los países y por eso instruye a sus enviados sobre cómo actuar, qué tipo de gente buscar, dónde quedarse, cómo reaccionar en caso de ser rechazados. No es un trabajo cualquiera de profecía: es el primer esbozo del Evangelio como mensaje para toda la humanidad.

     Volvemos a Pablo, porque años después está luchando con las realidades que anunciaba Jesús. Pablo escribe a los gálatas y les advierte que otros tratarán de reconvertirlos al judaísmo. En aquel tiempo la separación entre cristianos y judíos no estaba totalmente definida. Pablo sabe que el mensaje del Evangelio es más amplio que el del judaísmo. En el nombre de la cruz de Cristo, las fronteras ya no cuentan ni para él ni para los cristianos. La buena nueva es para todos. Hay más de setenta naciones, algo que Pablo bien rápido comprobó en sus viajes. A todos hay que llevar el Evangelio. Da lo mismo que los receptores del mensaje sean o no judíos. Lo que importa es que estén dispuestos a escuchar, a recibir una nueva creación en la resurrección de Cristo. Amén.



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