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Propio 10

Deuteronomio 30, 9-14
Colosenses 1:1-14
Evangelio según San Lucas 10, 25-37

     Los conceptos y enseñanzas de las lecturas de hoy son muy conocidos. Los hemos oído infinidad de veces. Mas, ¿entendemos su significado? ¿Sabemos qué se requiere de nosotros para amar a Dios sobre todas las cosas, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos?

     Podemos encontrar una respuesta en la epístola. San Pablo compara el oír la palabra de Dios a una semilla que crece en nuestro interior, y que una vez desarrollada nos permite compartir el mundo de luz del Padre, y la libertad perfecta ofrecida por Cristo. Esto es fruto de la gracia, pero también de nuestras acciones. La semilla sembrada por la palabra se riega con las buenas obras emprendidas en nombre de Dios. Obras son amores, y no buenas razones, según el refrán castellano. La obra es la respuesta al llamado de Dios. Sólo se entiende el significado de los mandamientos de Dios en función de las obras que se esperan de nosotros. En función de la acción como respuesta al llamado divino.

     ¿Qué quiere decir amar a alguien con todo el corazón y con toda el alma? La clave no está en el sentimiento. Los sentimientos son pasajeros y volubles, sino en el compromiso, en las cosas que hacemos o dejamos de hacer todos los días, en los pequeños detalles. Como los novios que ante el altar se prometen amor, y también se juran respeto, compañía, comprensión, apoyo, solidaridad.

     Nuestro amor a Dios se manifiesta en cómo actuamos en su nombre en el ministerio que ejercemos en la parroquia. En cómo educamos a nuestros hijos. Cómo nos portamos con nuestros padres, con nuestras parejas. En nuestra actuación como ciudadanos, como compañeros de trabajo, como solidarios con quienes padecen hambre, frío, pobreza o persecución. No es una labor fácil. Es necesaria una convicción y una disciplina que no están siempre a la mano. Nuestros fallos son continuos, pero el amor también se demuestra en el reconocimiento del error, en el arrepentimiento, en volver a empezar. Dios conoce nuestras limitaciones y confía en nuestra capacidad de rehacernos.

     El concepto de amar a Dios sobre todas las cosas, es difícil de entender hoy, pero no era más fácil de entenderlo hace dos mil años. De otra manera, Jesús no tendría por qué haber insistido en él. Aún los entendidos en la ley estaban confusos sobre las ramificaciones de este mandamiento en la vida diaria. Pero Jesús observa que siempre se nos escapa algo porque solemos ver con los ojos del cuerpo, y no con los del alma. Jesús sabe que los mandamientos de amor a Dios y al prójimo son claros. Cuando alguien le pregunta quién es el prójimo responde con un ejemplo tan profundo que deja desarmado a su interlocutor. ¿Quién es mi prójimo? ¿Es mi cónyuge? ¿Son mis padres, mis hermanos y hermanas, mis primos? ¿Es alguien de mi oficina, de mi taller, de mi escuela? Indudablemente que sí, pero no sólo ellos.

     Los hebreos contemporáneos de Jesús despreciaban a los samaritanos, los consideraban poco sofisticados, ignorantes, traidores. En suma, no dignos de ser considerados iguales a los judíos. Nada bueno podía esperarse de un samaritano. Pero es el samaritano quien encarna los valores de compasión y solidaridad centrales para entender el amor al prójimo.

     El concepto de prójimo se refiere no sólo a aquél que necesita nuestra ayuda, sino también aquel que se desvía de su camino para ayudar a otra persona necesitada, sin importarle si la conoce o no. El amor al prójimo es amor de ida y vuelta. A veces somos objeto de un acto de amor de quien menos lo esperamos. A veces un perfecto desconocido nos desarma con una obra de solidaridad, o con un pequeño gesto de amabilidad. Y otras veces nos enfrentamos con la necesidad de alguien. ¿Pasaremos de largo, como el sacerdote o el levita, o nos detendremos a echar una mano, aún con todas las reticencias que es lógico experimentar cuando sentimos un llamado inesperado? Somos libres de pasar de largo, como somos libres de no apreciar la ayuda recibida de un desconocido. Es nuestra prerrogativa. También somos libres de recibir o de proporcionar la ayuda. Ese uso de la libertad nos engrandece, es un acto que riega la semilla evangélica. Que explica en obras la inmensidad del amor. Amén.



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