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Quinto Domingo de Cuaresma

Ezequiel 37, 1-3 (4-10) 11-14
Salmo 130
Romanos 6, 16-23
Juan 11, (1-17) 18-44

Los evangelios relatan algunos casos en los que Jesús resucita a personas que habían muerto. Marcos, Lucas y Mateo cuentan cuando Jesús devuelve la vida a la hija de un tal Jairo, jefe de la sinagoga. San Lucas habla también del hijo de una viuda de Naín, un pueblo de Galilea, que Jesús devuelve a su madre cuando lo llevaban ya a enterrar (Lc 7,11-17). Todos estos relatos son muy breves. Muy distinto es lo que ocurre en la narración de la "resurrección de Lázaro", que se lee hoy, tomada del Evangelio según san Juan, el único que lo recoge.

      La descripción es larga y detallada: 45 versículos. Antes de acudir a la tumba, Jesús sabía que su amigo había muerto, y es él quien decide ir a "despertarlo". Marta, la hermana del difunto, no pide nada: simplemente lamenta que Jesús no haya venido anteriormente, para curar a su hermano antes de que la muerte lo arrebatase.

      Viene luego el diálogo entre Jesús y María, la manera casi litúrgica como Jesús, después de dar gracias a Dios, elevando los ojos al cielo, llama a Lázaro para que salga de la tumba y pide que le quiten las vendas y que lo "dejen andar". El mismo Jesús dice, finalmente, que esta resurrección es un "signo" para suscitar la fe en él.

      Estos detalles confieren a esta gran página del evangelio un marcado sabor a catequesis bautismal, dirigida a los que hoy escuchan su proclamación, y a quien interpela su fe. "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" .

      San Pablo, explica lo que implica la fe en Jesús, que es la resurrección y la vida. El espíritu de Dios habita en nosotros por eso no estamos ya bajo el poder de la carne. Aunque estemos sujetos a la muerte, Jesús vivificará nuestros cuerpos mortales. Es la fe en la resurrección.

      Dicho esto, meditemos un momento sobre el pasaje conmovedor en que Cristo llora. Por un lado, vemos al escritor de este evangelio siempre dispuesto a intercalar detalles que demuestren la divinidad de Cristo contra quienes opinaban que Jesús realmente no era humano, sino divino, con apariencia humana. El escritor plaga el evangelio de detalles como éstos: Jesús se cansó, se sentó, comió, lloró. Todos ellos detalles fisiológicos propios de un cuerpo físico y real.
¿Por qué lloró Jesús? Existe la creencia en esta sociedad americana que el llorar no es de hombres. No sabemos cómo ha podido difundirse tan enorme contradicción. Los robots no lloran. Los seres sin sentimientos no lloran. El ser humano, sensible al dolor, sensible al sufrimiento, sensible a los lazos del amor, llorará cuando la situación lo demande. En el caso presente, Jesús demuestra el profundo amor que profesaba por aquella familia; por las hermanas de Lázaro, quebrantadas por la muerte del hermano. Las hermanas sabían que si Jesús hubiera llegado a tiempo hubiera fortalecido y curado a Lázaro en sus dolencias. Pero ahora, no saben qué hacer sino llorar y lamentar.

      Por otra parte, podemos pensar que Jesús lloraba por otra razón mucho más profunda. Sabía que Lázaro estaba ya en la otra vida, en la gloria, gozando, siendo feliz. Esto le presentaba un tremendo dilema, ¿por qué traer de nuevo a Lázaro al sufrimiento? ¿Quién realizaría tal cosa estando seguro de ello? ¡Nadie! Por eso Jesús, con el corazón también destrozado por tener que traer a Lázaro a este mundo de sufrimiento, llora.

      Por dondequiera que nuestros pensamientos se encaminen siempre llegamos a la misma conclusión, Jesús significa resurrección. Al que está muerto Jesús le puede devolver la vida. La vida puede ser una realidad física, o, todavía mejor una realidad espiritual. A esa conclusión llegaron los presentes. "Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él".
Esta es nuestra fe. ¡Mantengámonos firmes en ella!



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