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Propio 11

Génesis 18,1-10ª
Colosenses 1, 21-29
Evangelio según San Lucas 10, 38-42

     Las lecturas de hoy se resumen en un solo concepto: la palabra de Dios, y cómo esta palabra, es promesa de salvación. Dios crea a través de la palabra. Esto no es algo que se limita a las primeras páginas del Génesis. La presencia constante de Dios en la historia de la humanidad, la manifestación de su poder mediante la palabra creadora, es algo que vemos diariamente.

     Dios escoge a Abraham para fundar una nación. Abraham es un anciano, lo mismo que su esposa Sara, pero los motivos de Dios rebasan la lógica humana. Abraham es testigo de un doble milagro: por un lado, que su esposa Sara conciba y dé a luz a un hijo, por otro, que ese hijo sea la cepa de todo un pueblo.

     San Pablo, nos explica el sentido eterno de la palabra. La palabra ha estado siempre en el mundo, manifestada en Cristo, consustancial al Padre, antes de todos los tiempos. Es el secreto que está más allá del tiempo, pero que habita en cada uno de nosotros. El secreto que ya no es propiedad exclusiva de los antiguos hebreos, sino goce permanente para el mundo por la vía del Evangelio.

     Si el Génesis nos habla de la historia de la palabra, y San Pablo trasciende la historia para recordarnos su presencia perenne en el mundo, el Evangelio nos ofrece una manifestación específica de la palabra: su elemento de salvación, en tanto que alimento divino que satisface el hambre de nuestra alma.

     Necesitamos, como María, hacer un alto en nuestra vida, y centrar toda nuestra atención, poner todo nuestro corazón y nuestra alma en la palabra de Dios que se vierte sobre nosotros. Sólo una cosa es necesaria, y es la palabra salvadora. Pero muchas veces procedemos como Marta, más ocupados en las cosas que creemos urgentes, en las cosas que nos reclama el mundo, y se nos escapan las posibilidades de sentir cómo la palabra de Cristo remueve nuestro corazón, y sacude nuestra alma.

     La palabra divina es siempre creadora y salvadora. La palabra humana no posee el mismo poder creador, pero curiosamente tiene poder destructivo. Mediante la palabra el género humano ha sepultado generaciones y destruido incontables vidas. Se puede usar la palabra humana para construir, y para derribar con la mentira y la maledicencia.

     Dios nos ha dado una parte de su poder creador en la palabra. La palabra, escrita o hablada, musical o plástica, ha permitido al ser humano desarrollar formas de arte que reflejan no sólo su esplendorosa creatividad e imaginación, sino la grandeza de la creación divina. Pero también la palabra, cuando se emplea para magnificar al ser humano y no a su creador, se presta a todos los excesos. Arrasa, en vez de sembrar. Quema, en vez de irrigar. Hiere, en vez de sanar.
La capacidad destructora de la palabra está en la mala respuesta que damos en vez de decir buenos días; está en los reproches que dirigimos en vez de expresar perdón y olvido; está en los rumores que esparcimos, en vez de luchar continuamente por encontrar la verdad.

     Mas es también nuestra obligación la de crear con la palabra: expresando amor al prójimo, perdonando y pidiendo perdón por las ofensas cometidas; sembrando la verdad y corrigiendo los errores que difundimos. La diferencia en el uso de los poderes de la palabra tal vez esté en el tiempo que dedicamos a oír la palabra del Señor. Marta, sin medir las consecuencias de lo que hace, herida por la envidia, reprende a su hermana por haberse sentado a escuchar a Jesús. Pero María ha decidido invertir unos cuantos minutos en escuchar la palabra de salvación. Dediquemos tiempo como María para escuchar la palabra divina del Maestro. Amén.



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