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Propio 12

Génesis 18, 20-33
Colosenses 2, 6-15
Evangelio según San Lucas 11, 1-13

     ¿Por qué enseña Jesús a sus discípulos una nueva oración? ¿Es que acaso la gente de su tiempo no sabía orar? Si algo distinguía al pueblo de Israel, a lo largo de su historia, era su dedicación a la oración. Abraham, Moisés, Samuel y los profetas hablaban constantemente con Dios.
En la lectura del Génesis vimos un primer ejemplo de oración de intercesión. Jesús no era ajeno a esta realidad, y conocía perfectamente las Escrituras. Pero
siente cercana su muerte y la necesidad de proclamar el reino de Dios,

     y quiere dejar como legado a sus discípulos una forma de oración que sea comunicación íntima, directa y amorosa con el Padre. Una forma de oración que
subraye los mandamientos de amar a Dios por encima de todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo. Una oración que sea liberadora, al tiempo que
establezca un lazo de unión inseparable entre el cielo y la tierra.

    ¿Qué significa la oración en nuestros días? ¿Es algo que hacemos sólo los domingos en la parroquia? ¿Es un ejercicio diario, de dos o tres veces por semana? La disciplina de la oración es difícil y exigente, y requiere que hagamos un hueco en nuestras ocupadas vidas. Cada uno debe comprometerse, en lo que pueda, a mantener vivo ese vínculo con Dios. Para algunas personas es más fácil rezar oraciones ya conocidas, como el Padrenuestro, o las muchas oraciones que se encuentran en el Libro de Oración Común. Otras personas dejan volar la imaginación y establecen su propio diálogo con Dios. Lo importante es que así como Jesús reclamó un espacio para la oración, nosotros reservemos el que nos corresponde diariamente.

      El poder de la oración es sutil y acumulativo. No vemos sus efectos inmediatamente, pero sentimos poco a poco un cambio en nuestras vidas y en nuestros corazones. La oración abre la puerta de la gracia que Dios nos concede. Pero hay que orar con insistencia. Abraham insiste casi hasta al punto de ser cómico, en su intercesión por la gente de Sodoma y Gomorra.

      Independientemente de los resultados, el diálogo con Dios, nos muestra cómo la oración de intercesión es no sólo un vínculo con el Padre, sino un ejemplo de amor al prójimo. ¿Pensaba Jesús en Abraham cuando recomendó a sus discípulos ser insistentes en la oración? No lo sabemos, pero Jesús subraya que la gracia ciertamente se nos concederá si tocamos una y otra vez a la puerta. Si hacemos de la oración un hábito, si cada día, o cada momento que podamos dedicamos unos segundos, unos breves momentos, al diálogo divino. Dios nos dará el Espíritu Santo, nos dará la orientación que pedimos, la reconciliación que anhelamos. Su amor por nosotros es inagotable. Jesús recalcaba esa necesidad de ser paciente e insistente en la oración, en un tiempo en que la gente quería resultados inmediatos. Justo como en nuestros días, cuando si algo no se obtiene a la primera, se desecha como si no valiera la pena. Pero para cultivar, hay que ser paciente, disciplinado y constante.

      Para vivir la vida del Espíritu, hay que ser paciente, disciplinado y constante. Hay que orar en silencio, orar siguiendo las orientaciones de nuestro Libro de Oración Común, orar en comunidad. En fin, hay que mantener un diálogo vivo. Orar es echar raíces en Cristo, es celebrar la unión permanente que tenemos con Él,
y que se nos manifiesta desde el momento mismo del bautismo, desde el momento mismo en que quedamos marcados como suyos. Amén.



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