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Propio 13

Eclesiastés 1,12-14; 2,18-23
Salmo 49,1-11
Colosenses 3, (5-11) 12-17
Evangelio según San Lucas 12,13-21

     Las lecturas de este domingo nos invitan a poner nuestra esperanza en el Padre celestial de quien recibimos todos los bienes.

     El libro del Eclesiastés es uno de los más pesimistas de la Biblia. Ya desde el primer verso el autor considera todas las cosas como pasajera vanidad. Incluso las que, a nuestro modo de ver, son importantes a nivel social, como ser rey o presidente de una nación. En la opinión del Eclesiastés todo gobierno es vanidad.

     No ve diferencia alguna entre el sabio y el ignorante: "El sabio tiene sus ojos en la frente, mas el necio en las tinieblas camina. Pero también sé que la misma suerte alcanza a ambos" (Ecl. 2,14). Se da en el autor una especie de fatalismo. Quiere encontrar una solución al problema de la existencia y no la halla. Ahí está la tremenda realidad de la muerte. Hagas lo que hagas, vas a morir, y luego, ¿qué?

     El autor de este libro no tenía resuelta esa interrogante. No estaba muy seguro de la existencia un más allá, de una retribución, de un premio. Por eso nada tiene sentido. Sólo se puede dar una filosofía de la vida para esta tierra. Pero siempre queda mediatizada y ofuscada por la omnipotente sombra de la desaparición total. ¿Para qué, para qué trabajar, jugar, reír, llorar? Todo pasa. Por ello, se presenta una enseñanza más para sobrevivir que para prepararse para un más allá. Hasta tal punto esto es así, que el editor del libro se vio obligado a añadir un epílogo en el cual se suavizara el pesimismo sin fin del autor. Así, se nos dice al final del libro: "En conclusión, y después de oírlo todo, teme a Dios, y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre; que Dios juzgará todas las acciones aun las ocultas, buenas y malas" (Ecl. 12, 13). Esto es algo nuevo y diferente en el libro. Un tono de esperanza un tono que da sentido a la existencia, si existe un más allá y alguien que tenga en cuenta nuestra conducta aquí en la tierra todo cambia. El existir empieza a cobrar sentido.

     El rico del evangelio que tuvo una gran cosecha piensa como el autor del Eclesiastés. Sólo se da una filosofía de la vida, de la existencia. Dice: "Tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe, y date buena vida". Esta es una doctrina egoísta y sin Dios. Ese rico podría preguntarse: ¿Quién me ha dado tan enorme cosecha? ¿Quién ha hecho que mi cosecha sea tal que rebasa todos mis cálculos, hasta el punto de tener que derribar mis almacenes y edificar unos nuevos par guardarlo todo allí? ¿No será alguien que controla toda la existencia? ¿No será Dios, que me lo ha dado para compartirlo? Sin embargo algo tan evidente no lo ve. Al rico, que ya era rico, le da Dios tanta abundancia para ver si despierta de su egoísmo. Mas no lo hace.

     Nos amonesta Jesús a que evitemos toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes poseídos (Lucas 12, 15). Efectivamente, el sentido de nuestras vidas está en Dios. Es Dios, quien puede darnos la vida o quitárnosla, quien puede enriquecernos o empobrecernos. Sólo él es la razón última de nuestro existir. Ahora bien, si Dios tiene la solución de nuestras vidas, ¿por qué no seguir sus consejos? Eso es lo que pide San Pablo a los colosenses: "que el mensaje de Cristo esté siempre presente en vuestros corazones".

     Pablo nos ofrece una lista de virtudes a seguir: "Vivan revestidos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia". Pero, "sobre todo revístanse de amor, que es el perfecto lazo de unión".

     Con esta doctrina nos encontramos ya muy lejos del pesimismo del autor del Eclesiastés. Podemos participar de su realismo, podemos darle la razón en algunos momentos, pero se ha quedado muy corto, pues, revestidos de amor, revestidos del amor de Cristo, la vida cambia totalmente. Revestidos de amor, podemos compartir con todo el mundo una gran cosecha que nos ha venido, o la lotería que nos ha tocado, o, también lo poco que ganamos con el sudor de nuestra frente. Todo lo podemos compartir si hay amor.

     Incluso si no hubiera amor en nosotros, podríamos obrar por precaución, por temor y escuchar las tremendas palabras de Dios en el evangelio: "¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?" Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios". Amén.



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