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Propio 14

Génesis 15,1-6
Salmo 33
Hebreos 11, 13 (4-7) 8-16
Evangelio según San Lucas: 12, 36-40

     Las lecturas de hoy nos hablan de nuestro compromiso como cristianos. Un compromiso adquirido en virtud de nuestro bautismo, y por el cual estamos ligados a Dios. Así formamos parte de esa descendencia tan numerosa que Dios prometió a Abraham. La promesa hecha por Dios no puede fallar. Nos ofrece absoluta confianza. En el presente, se está realizando por medio del Espíritu Santo.

     El Evangelio de hoy, nos exhorta a estar preparados para satisfacer nuestro compromiso con la promesa, no sólo en el presente, sino también en el futuro cuando Jesús vuelva al final de los tiempos.

     El mundo en el que vivimos está naturalmente orientado hacia el futuro. Todos los días se nos estimula realizar planes para años venideros. La mayoría de nosotros compramos seguros de vida, de vivienda, y de automóvil. Contribuimos al seguro social, e invertimos en otros planes de jubilación, así, podríamos decir que nos estamos preparando para días venideros inciertos. Sin embargo, no es de esta preparación ni de estos planes de los habla el Evangelio. Jesucristo nos invita a realizar planes mucho más serios.

     No es lo material y terreno lo que debe preocuparnos. Es nuestra vida espiritual y nuestra respuesta a Dios lo que debe ocupar nuestros corazones. Las necesidades humanas también hay que satisfacerlas preparándonos para el futuro, pero ese es un futuro que llegará y pasará. Esas cosas requieren un compromiso, pero no un acto de fe.

     San Pablo en la epístola nos ofrece una definición de la fe, y dice: "Fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve" (Hebreos 11, 1). No se puede reducir la fe a una simple convicción interior. La fe permite que uno entre "ya" en posesión de lo que "todavía" no poseemos. Es lo que en términos teológicos se expresa con el "ya, pero todavía no." Ese ya, pero todavía no, es la esencia del discurso de Jesús en el evangelio de hoy.

     Este es un misterio que se desenvuelve del pasado, al presente y va hacia al futuro. En el pasado, nos lo recuerda hoy la lectura del libro del Génesis. Hay una promesa hecha a Abraham y a su descendencia para siempre. Ya la hemos recibido. En el presente, lo estamos realizando mientras celebramos la santa Misa en la que Jesucristo mismo se hace presente y se nos da como alimento espiritual. El futuro, "todavía no" se ha realizado en nosotros, pero tendrá lugar el día en que nos encontremos con Dios cara a cara, en el cielo. Ahí habrá concluido el misterio de nuestra vida. Todo nos será revelado. Veremos a Dios tal como es.

     Para ese momento, es para el que tenemos que prepararnos, porque nadie sabe el día ni la hora. El pasaje del Evangelio lo expresa claramente. Tenemos que estar preparados todo el tiempo, todo el día, porque el Señor vendrá cuando menos lo esperemos. "Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas… Si el dueño de la casa supiera a que hora va llegar el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no lo dejaría entrar" (Lc 12, 39-40).

    Nuestra preparación demanda fe y compromiso con nuestro Salvador. Esta preparación no es posible con la acumulación de cosas materiales. Todo lo contrario, el Evangelio de hoy nos exige que vendamos nuestras posesiones y las repartamos entre los pobres. Sin ser radicales y fundamentalistas a la hora de interpretar el Evangelio, no podemos ignorar que la preparación para nuestra vida futura necesita la renuncia a todo aquello que nos aparta del amor de Dios y nos impide acumular tesoros para el reino de los cielos. Amén.



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