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Propio 15

Jeremías 23, 23-29
Salmo 82
Hebreos 12, 17 (8-10) 11-14
Evangelio según San Lucas 12, 49-56

     Las lecturas del leccionario, a veces, no tienen relación temática entre sí durante los domingos del tiempo litúrgico denominado "Propio" Sin embargo, casi siempre el evangelio hace referencia a la lectura del Antiguo Testamento. Esto es lo que sucede este domingo.

     Tanto Jeremías como el evangelio de Lucas nos hablan de fuego. En ambos casos el fuego está directamente conectado con las ideas de destrucción - purificación, que, a su vez, hacen referencia a las de división - paz, de que habla Jesús.

     Para entender mejor el mensaje de estas lecturas, es necesario que las pongamos en el contexto en que fueron escritas, y que echemos un vistazo al entorno cultural en el que nuestro Señor Jesucristo pronunció tales palabras.

     Para los semitas, tanto el fuego como la sal tenían, al mismo tiempo, poderes curativos y destructivos. En la lengua aramea que Jesús hablaba, la palabra que traduce al español 'tierra', puede significar también "horno" =tierra.

     El típico horno usado en las aldeas del Mediterráneo, era hecho de barro o arcilla. El combustible utilizado en estos hornos era el estiércol seco de camello, mezclado con sal para que ardiera mejor.

     La sal tiene poderes misteriosos. El bloque de sal en el piso del horno mantiene el fuego ardiendo de la misma manera que los cristales de sal hacen que el estiércol arda con más intensidad. Eventualmente el bloque de sal en el fondo del horno pierde sus poderes catalizadores y tiene que ser tirado. "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal deja de ser sal, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Sólo vale para tirarla y que la pise la gente" (Mt 5, 13).

     La sal que ya no mantiene el fuego ardiendo y que no sirve para preparar el combustible, es inútil. "La sal es una cosa buena, pero si la sal deja de ser sal, ¿con qué se la salará de nuevo? Ya no sirve para el campo ni para estiércol; hay que tirarla" (Lc 14, 34-35).

     Es interesante ver cómo la sal logra que el fuego arda intensamente en el horno. Jesucristo vino a encender el horno. "He venido a traer fuego a la tierra" (Lc 12,49). Así, Jesús se presenta en el horno del mundo como catalizador. Su presencia produce fuego: surgen argumentos, las familias se dividen, y aparecen opiniones sobre Jesús.

     Por eso Jesús pide a sus discípulos que sean catalizadores. Que sean sal en medio de la gente, y que le imiten. Esta petición nos llega también a nosotros mientras celebramos el sagrado misterio de la eucaristía. Pero, ¿cómo podremos producir fuego y lograr que arda de manera intensa, a sabiendas que va a causar alboroto y división, cuando, al mismo tiempo, el evangelio nos invita a ser mensajeros de paz?

     Ese es el mismo dilema en el que se encontraba la comunidad a la que Lucas escribía el evangelio que acabamos de leer. Jesucristo nos recuerda que él mismo es sal y fuego, es catalizador; no vino para traer paz sino división. Su palabra tiene, simultáneamente, poderes curativos y destructivos según sea la respuesta que cada uno le dé.

     Los contemporáneos de Jesús usaban tanto la sal como el fuego para purificar y preservar los alimentos, para cocerlos y condimentarlos, para esterilizar y limpiar heridas, y para refinar los metales. Estos son usos positivos. Pero, también tienen poderes destructivos. Todos los años el fuego destruye miles de hectáreas y viviendas en incendios por todo el mundo. La sal, por su parte, impide que la vida de plantas y animales sea posible.

     El mensaje del evangelio tiene poderes similares. Producirá fuego de amor de justicia y de concordia en aquellos que lo escuchen. Pero provocará la desolación de la tristeza y de la muerte en aquéllos que cierren el corazón y la mente a la palabra de Dios.

     Abramos hoy nuestros corazones y dejemos que Jesucristo venga a cada uno de nosotros con el fuego del Espíritu Santo que nos purifique y equipare para ser catalizadores en nuestros hogares, y en nuestra comunidad. Amén.



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