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Propio 16

Isaías 28, 14-22
Salmo 46
Hebreos 12, 18-19, 22-29
Evangelio según San Lucas 13, 22-30

Las lecturas de este domingo hacen referencia a la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Este tema es conocido en términos teológicos, como la "parusía" del Señor o el momento escatológico del "juicio final."

     El tema del juicio final es muy controvertido. Últimamente se ha especulado mucho sobre del final de los tiempos. Cientos de libros se han escrito sobre el tema y numerosos profetas falsos han proliferado predicando un final del mundo lleno de sombras de muerte y desconsuelo.

     En el tiempo de los profetas y más tarde en el de Jesús, el tema del juicio final formaba parte de la vida diaria. Por ejemplo, el Mishnah, que es una colección de leyes rabínicas concernientes a la vida diaria de los judíos, reflexiona sobre la creencia, común entre los judíos de Palestina contemporáneos de Jesús, de que todos los Israelitas tendríanparte en la vida del mundo futuro.

     Sin embargo, no era esa la creencia común de todos los habitantes de Israel. Los fariseos apoyaban la tradición judía que creía que solamente un "resto" se iba a salvar. "Al mismo tiempo, el Señor volverá a tender su mano para rescatar al resto de su pueblo" (Isaias 11,11).

      Es en ese contexto en el que, los judíos que escuchan a Jesús querían saber cuántos se salvarían: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?" (Lc 13, 23).

      Jesús, en vez de darles una respuesta directa enfatiza la necesidad esforzarse para anticipar los acontecimientos y con certeza evitar la tragedia de atropello y muerte en la puerta angosta en el momento de la estampida final.

      En el evangelio que acabamos de escuchar, nuestro Señor nos invita no sólo a conocer donde está la puerta, sino a que aprendamos a entrar por ella, porque es angosta. Al final, muchos, no preparados, querrán entrar, y no podrán.

      Este es el escenario que tenemos ante nosotros mientras celebramos la santa Eucaristía: el dueño de la casa es nuestro Señor Jesucristo. Sus contemporáneos, lo conocían, habían escuchado su enseñanza e incluso habían comido con él, ahora demandan y reclaman el derecho de entrar al banquete. Jesús no sólo niega el conocerles, sino que los llama "malhechores", ¿cómo es posible?

      Nosotros también podemos caer en la misma falacia de creernos con el derecho de poder entrar en el reino de los cielos porque un día fuimos bautizados y de cuando en cuando vinimos a la Iglesia. Sin embargo la respuesta a esta postura cómoda, ya nos la ha dado el mismo Jesús al principio de éste capítulo. "Si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo" (Lc 13,3).

      No es suficiente el compartir la cena (la Eucaristía) del Señor. Se debe dar en nuestras vidas un cambio radical de vida. Esa es la única manera de establecer una amistad con Jesús y de poder formar parte del reino de amor y justicia que nos ofrece. No podemos olvidar que el día en que tengamos que rendirle cuentas no nos valdrá decir que no lo sabíamos.

      Vendrá como el dueño de la casa en el momento en que menos lo esperemos. Ese día es el día de nuestra muerte. Ese día será para cada uno de nosotros la primicia de nuestro juicio final. Por ello, es necesario que nos preparémonos ahora para entrar por la puerta angosta. Amén.



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