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Propio 17

Eclesiástico 10, (7-11) 12-18
Salmo 112
Hebreos 13, 1-8
Evangelio según San Lucas 14, 1, 7-14

Lo que proclaman las lecturas de hoy, refleja también la sociedad actual. Se trata de la arrogancia y del orgullo del ser humano que se cree superior incluso al mismo Dios. Por ello, en ocasiones, se actúa con desprecio hacia los demás.

El ser humano tiende a unirse con los de su propia condición, y se olvida de los demás. Con frecuencia se olvida de los pobres, de los inválidos y más necesitados. Sólo piensa en sí mismo.

Hoy día el ambiente social nos da la sensación de vivir en un mundo en decadencia moral y espiritual. Sólo tenemos que leer el periódico o escuchar las noticias para darnos cuenta del panorama de sufrimiento que nuestro egoísmo ha causado a todo nivel humano.

Algunos buscan la forma de destruir y abusar de los pequeños o más vulnerables. Todavía hoy se trafica con niños a quienes se vende hasta por catorce dólares. Esto es algo que clama al cielo. ¿Cómo pude el mundo "civilizado" permitir tales crímenes?

Muchos de estos males son fruto de los problemas vividos en el matrimonio y en la vida familiar. El divorcio abunda. El egoísmo cunde en la mayoría de los hogares y faltan la confianza y la comunicación entre los esposos. "¡Que todos respeten el matrimonio!" clama hoy San Pablo

Sin embargo aunque el cuadro de dolor actual sea triste, no pensemos que sea exclusivo de nuestro tiempo. Se ha dado siempre en la historia de la humanidad. Es el eterno problema del mal que aparece constantemente en pugna contra el bien.

A veces nos resulta pesado el que las Escrituras tengan que repetir con tanta frecuencia el mandamiento del amor. Hoy San Pablo se lo recuerda a los hebreos "No dejen de amarse unos a otros como hermanos. No se olviden de ser amables con los que lleguen a su casa, pues de esa manera, sin saberlo, algunos hospedaron ángeles". Eso es lo que anhelamos todos, amarnos en familia, amarnos como hermanos. Pero, en realidad ¿qué significa eso? ¿No constatamos cuánto se sufre también en las familias? Y ¿por qué? En el fondo es porque no vivimos con auténtica fe. Si pensáramos que en todo ser humano se oculta no ya un ángel sino el mismo Dios, ¿cómo nos portaríamos? Y como no nos esforzamos en ver a Dios en el prójimo, lo que hacemos es tratarlo como un objeto más del cual podamos sacar fruto. Dice el Eclesiástico, "El pecador es un pozo lleno de orgullo, del cual brotan las malas acciones". El orgullo de querer ser más que nadie nos conduce a dominar y a aplastar a todo el que pillemos por delante.

Lo que necesitamos es un proceso constante de reconversión. Todos los días debemos convertirnos a algo mejor. Aunque eso mejor, sea algo muy pequeño. Lo importante es superarnos un poquito cada día, como el escalador que poco a poco va conquistando la montaña que, al principio, parecía fuera de todo alcance. Hace poco salió en las noticias que un escalador ciego había remontado la cumbre del Everest. ¿No es esto digno de admiración? ¡Con cuánta cautela y con cuánta precaución no tendría que ascender esa persona! Un paso cada día. Un esfuerzo cada día. Este es un ejemplo que todos debemos imitar.

Tratemos de encontrar a Dios en cada criatura, aún en aquellos que parezcan más despreciables. Recordemos que Dios se manifiesta en su creación, y que el propio Jesús nos dijo que estaría presente en los que sufren hambre, sed, desnudez, y agravio, y lo que hagamos en su favor se lo hacemos al mismo Cristo. Sigamos el consejo de Jesús, cuando demos una fiesta, invitemos a pobres, lisiados, cojos y ciegos. ¡Dichosos nosotros, porque no podrán pagarnos, pero se nos pagará cuando resuciten los muertos! Amén.



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