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Segundo Domingo de Pascua

Hechos 2, 14a, 22-32
Salmo 118,19-24
1 Pedro 1, 3-9
Juan 20, 19-31

Las gentes de negocio siempre tratan de infundirnos confianza para que compremos su mercancía. Nos convencen de que nos venden el mejor coche, la mejor televisión, la mejor casa. A la hora de invertir nuestros ahorros nos convencen de que su compañía es la mejor y de que no fracasará. Nos animan a invertir en esa corporación para incrementar los dividendos. Pero la experiencia nos demuestra que no hay nada eterno, imperecedero y libre de fracaso en esta vida. Los productos de la tecnología fallan, las corporaciones fracasan y la gente pierde la seguridad en sí misma. Con el tiempo el pueblo se torna sospechoso, escéptico, y duda de negociantes y de gobernantes. La duda se establece en nuestras almas y dudamos de todo, a veces, con sobrado fundamento. 

       El evangelio de hoy presenta al apóstol Tomás dudando. Efectivamente, no era corriente ni común, entonces ni ahora, el ver a un muerto resucitado. Tampoco le gusta a uno ser víctima de burlas, por eso la actitud de Tomás es lógica y plausible. "Si no veo, si no toco, no creo", dijo Tomás.
Por aquel entonces, también había quienes se ganaban la vida engañando a los demás. Gente tramposa, mentirosa, timadora, estafadora, que se aprovechaba de la credulidad de los sencillos. La duda había logrado sus adeptos. Así se explica que no sólo Tomás, sino que la misma María Magdalena, Pedro, Juan y los demás discípulos hubieran abrigado la duda en sus corazones. El evangelio de Juan así lo trasluce: "Hasta entonces no habían entendido lo escrito, que había de resucitar de la muerte" (Jn 20, 9). 

       La verdad es que no era fácil aceptar un hecho que superaba toda experiencia. Es verdad que los evangelistas cuentan unos casos en los que Jesús reanimó o "resucitó" cuerpos. Según ello, los discípulos debieran ya estar preparados para sospechar que tal vez Jesús pudiera repetir en sí mismo la hazaña realizada en otros. O si carecía de tal poder, por lo menos el Dios altísimo podría devolver la vida a una persona tan justa como Jesús.

       Por otra parece, hay que reconocer que la muerte de Jesús también podía engendrar sospecha en el más fuerte. Uno podría preguntarse: si salvó a otros ¿por qué no ha podido salvarse a sí mismo? Si Dios estaba con él para ayudar a otros, ¿cómo se explica que lo abandonara hasta tal extremo? ¿Cómo aceptar una muerte tan vergonzosa e inmerecida? Tal vez haya sido todo una mofa, tal vez haya sido todo la broma más pesada… Así razonaban muchos. Así pensaba la mayoría...

       ¿Cómo restaurar ahora la confianza perdida? ¿Cómo abrigar esperanza en medio de semejante catástrofe? Todos los indicios eran de incredulidad. ¿Cómo aceptar ahora una patraña más? Dicen que ha resucitado, ¿quién lo puede creer? ¿Quieren reírse de uno? No se pueden aceptar más cuentos. Se necesitan pruebas tangibles.

       Sin esas pruebas ¿quién querría arriesgarse a continuar su obra? ¿Cómo continuar la proclamación del reinado de Dios, cuando aparentemente ha triunfado el mal? No, será mejor esperar... Y en esas se encontraban, cuando Jesús viene con las pruebas: "¡Gente de poca fe: ved, tocad, palpad!" "¡No dudéis!"
La verdad es que hoy día, todavía la duda hace presa de nosotros. Y dudamos de Jesús y de Dios. Necesitamos experimentar como Tomás. Tal vez sea ésta una de las verdades más profundas del cristianismo. Cada uno de nosotros necesita un encuentro personal con Jesús. Solamente así, armados con ese conocimiento personal, podemos hacer frente a la duda y a la ansiedad, que acosan nuestras vidas.

       Los discípulos tienen un encuentro profundo con Jesús, y quedan transformados. Así salen llenos de brío a proclamar las buenas nuevas y a proclamar un ministerio de perdón y reconciliación. El encuentro personal es un paso sumamente importante. ¿Qué podemos ofrecerle a nuestro prójimo si también nosotros estamos cargados de dudas?

       La historia del cristianismo demuestra que las personas más eficientes en su apostolado han vivido una vida de profunda consagración a Dios. Es de esa entrega total a Dios de donde cosechan fuerzas y vigor para enfrentarse a cualquier contratiempo humano. Acerquémonos a Dios y se resolverán todas nuestras dudas.



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