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Propio 19

Exodo 32, 1, 7-14
Salmo 51, 1-11
1 Timoteo 1, 12-17
Evangelio según San Lucas 15, 1-10

El concepto que une hoy a las tres lecturas es misericordia. Es el amor de Dios mostrado en aquellos que se arrepienten en el momento preciso. En aquellos que aprovechan la nueva oportunidad que Dios siempre nos da.

La historia de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto está llena de momentos en los cuales ese mismo pueblo se revela contra Dios. Es una demostración de la inestabilidad y falta de satisfacción del individuo en general, que siempre encuentra excusas para hacer su propia voluntad por encima de la de Dios. Quizás muy pocas veces se pueda encontrar, a través de la creación, una satisfacción absoluta en el ser humano.

Y Dios, a veces, se disgusta, o "se indigna en su corazón"(Gn. 6, 6) por nuestra forma de actuar. Lo hizo en el huerto cuando el ser creado desobedeció su mandato. Lo hizo cuando se cometió el primer crimen de la humanidad. Lo hizo cuando hizo llover al cielo durante cuarenta días. Lo hizo cuando los pueblos de Sodoma y Gomorra se entregaron sin freno al pecado. Podríamos mencionar más ejemplos, pero esos bastan para demostrar que Dios ofrece siempre misericordia. Su amor sobrepasa el descontento ante la actitud humana. Moisés le pidió que olvidara su enojo y perdonara al pueblo que sacó de Egipto, "con gran despliegue de poder". Y Dios tuvo misericordia y ofreció al pueblo otra oportunidad.

El caso de Saulo de Tarso fue también dramático. Un hombre que dedicó los primeros años de su vida a perseguir y ordenar la muerte de los cristianos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (7, 60-8,1) encontramos al protomártir Esteban que mientras lo apedreaban, antes de morir exclamaba: "Señor, no les imputes este pecado…Y Saulo consentía en la ejecución". El mismo Pablo, después de su conversión, reconoce que no merece ser llamado apóstol por haber perseguido a la Iglesia. Sin embargo, la misericordia de Dios se sobrepuso al enojo y, después de perdonarle, le convirtió en uno de los discípulos más prolíficos en su predicación, y en el mayor misionero de la Iglesia cuyo ejemplo todos hemos imitado.

Una de las historias más bellas del Nuevo Testamento es la del hijo pródigo. Un joven que pierde no sólo sus bienes materiales, sino su propia dignidad, recapacita y decide regresar esperanzado al hogar que había abandonado. El padre, que lo esperaba, no lo reprende ni reprocha sino que lo recibe con los brazos abiertos.

En la historia se han dado muchos casos de pecadores, que arrepentidos han regresado a Dios y han llegado a ser grandes santos. El más notorio de ellos es San Agustín, que durante su juventud llevó una vida libertina, mas luego se convirtió y llegó a ser uno de los teólogos más profundos que haya tenido la Iglesia.
Pensemos por unos momentos en nuestras mismas vidas. Seguramente que hemos cometido errores de los cuales nos sentimos avergonzados. Más aún, algunas personas se sienten tan culpables que se creen todavía en pecado. Sin embargo, las escrituras son claras sobre la misericordia divina. Dios perdona y recibe con amor a todo el que arrepentido se acerca a él.

El evangelio de hoy lo demuestra claramente con los ejemplos que ofrece. El pastor que va en busca de la oveja descarriada es imagen de Dios que nos busca constantemente. Y la mujer que barre y busca diligentemente el dinero perdido, es imagen de Dios que nos busca sin cesar. Y las declaraciones de Jesús lo dejan patente: "Os digo que lo mismo habrá en el cielo más fiesta por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse". Y, "Os digo que lo mismo se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta".

Este es el Dios en quien nosotros creemos. Un Dios al que no agradan las obras malas e inmorales, pero un Dios, dispuesto siempre a ofrecernos otra oportunidad para reconocer nuestro error y regresar a él.

Nuestra vida puede ser realmente útil para la extensión del evangelio si permitimos que Dios nos dé la mano y ponga sus palabras en nuestros labios, y su vigor en nuestro obrar, para que en nosotros se refleje siempre su imagen y amor. Amén.



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