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Propio 20

Amós 8, 4-7 (8-12)
Salmo 138
1Timoteo 2, 1-8
Evangelio según San Lucas 16, 1-13

Vamos a centrar hoy nuestra meditación en la lectura de San Pablo a Timoteo. En ella se nos dice que con el poder de la oración podremos llevar una vida tranquila y apacible. Dice también que Dios quiere que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

La verdad es que en el mundo en que vivimos la desconfianza cada vez se afianza más. A veces, la hemos perdido en nuestros mismos familiares. Y ¿por qué? Por muchas razones. Generalmente buscamos sólo nuestro bienestar individual. Para ello, a veces, se miente y se logra el triunfo por medios ilícitos. Esto lo constatamos en individuos y, sobre todo, a grandes niveles en las corporaciones que abusan de toda la sociedad. Así nos sentimos víctimas del engaño. Este es un sistema tan antiguo como el mundo. El profeta Amós se expresa de esta manera: "Los que exprimís al pobre, disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias".

Creo que todos hemos vivido alguna vez el engaño o la decepción por la propaganda que vemos en la televisión, u oímos en la radio, o leemos en la prensa. Si nos dejamos llevar inocentemente por lo que anuncian, fácilmente caeremos en la trampa. Nos sentimos decepcionados, frustrados y, lo que es peor, con la inclinación a imitar tal ejemplo, es decir, a engañar solapadamente como ellos lo hacen.

Si a este sistema moderno de engaño se añade todo el sufrimiento que muchos han experimentado en la historia: engaños y abusos de gobiernos, engaños y abusos, incluso de instituciones religiosas, lo que se va formando en muchas personas es un substrato de desconfianza en todo el mundo. ¿Cómo podremos remediar tal situación? ¿Cómo podremos volver a confiar en los demás?

San Pablo nos dice que el remedio está en la oración. Nos ruega a que hagamos oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos. Para algunas personas esto resulta muy difícil. Han sentido en su propia carne el dolor de una prisión o persecución injusta. Han sido secuestrados, violados, vejados. Se ha pisoteado su dignidad. ¿Cómo podrán rezar por sus violadores?

En la actualidad muchas naciones se mantienen en continua guerra interna. A veces por cuestiones ideológicas o económicas, otras por recuperar terrenos robados, y por motivos egoístas como los ocasionados por el tráfico de drogas. Pero también existen naciones donde el gobierno tirano sigue abusando del pueblo quebrantando sus derechos humanos. ¿Cómo podremos orar y dar gracias por los que gobiernan en tales circunstancias? Si rezamos, será, naturalmente, por su conversión, para que nos llegue a todos una vida tranquila y apacible.

La organización de las Naciones Unidas lleva años tratando de poner remedio en el mundo a situaciones injustas. En algunos casos lo han logrado, en otros no, porque gobiernos todavía muy poderosos siguen influyendo en esa organización. Sin embargo por el hecho de que se planteen y discutan ya esos casos injustos podemos considerarlo un logro muy positivo. Y por ello podemos elevar al cielo oraciones de gracias.

El famoso teólogo inglés, William Temple, dijo en cierta ocasión a los estudiantes de Oxford: "Lo más efectivo que la Iglesia de Cristo puede hacer por el mundo, y lo más efectivo que cualquier cristiano puede hacer como individuo, es elevar sus corazones en adoración a Dios".

Sabemos que Jesús fue perseguido constantemente, por envidias e incomprensión. Sin embargo no condenó a nadie. En la misma cruz rezaba por quienes lo estaban crucificando.

Jesús nos sirve siempre de ejemplo. Su vida fue una vida de oración, de entrega y oblación de sí mismo. Nosotros tenemos que imitarlo. A pesar de todo lo que hayamos sufrido en el presente, o en pasado, no podemos anidar odio ni rencor en nuestros corazones. Con ello nunca lograremos la paz en esta tierra.

El rezar por los demás, incluyendo nuestros enemigos "es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad".

Así, concluye San Pablo, "quiero que oren en todo lugar, elevando sus propias manos puras, libres de cólera y discordia". Oremos en todo lugar, no sólo aquí en el templo, sino siempre, en todo momento para que tengamos una vida tranquila y apacible.

Como a Pablo, Dios nos ha escogido y nombrado misioneros, testigos, anunciadores de la buena nueva que nos trajo Jesús. Si no colaboramos seremos responsables ante el mismo Dios. Amén.



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