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Propio 21

Amós 6, 1-7
Salmo 146, 4-9
1 Timoteo 6, 11-19
Evangelio según San Lucas 16, 19-31

No cabe duda que al ser humano le gusta vivir cómodamente, tener posesiones, inversiones, bellas mansiones y todo lo bueno que ofrece la vida material. No en vano hemos sido creados para el cielo, para gozar un día de una vida tan linda que ahora no podemos imaginarnos.

Lo malo nuestro es que con frecuencia medimos la grandeza por las posesiones materiales. Es como si otros valores humanos mucho más positivos no contaran ante el peso de las riquezas.

Ahora bien, no se ha de condenar la mera posesión de riquezas sino el apego a las mismas, el desequilibrio que se crea en la sociedad con el olvido de los pobres.

Amós fue uno de los profetas que más claramente habló en contra de las injusticias que creaban los que acumulaban riquezas. Dice: "Ay de los que os acostáis en lechos de marfil… Bebéis vinos generosos…Os ungís con los mejores perfumes. ¡Y nada os importa la ruina del país!"

Efectivamente, sabemos por la historia que unos pueblos han acumulado riquezas a costa de otros. Sabemos que muchas personas se han enriquecido a costa de otras. Sabemos que algunos gobernantes han robado millones de las arcas de la nación. Todo esto lo condena el evangelio. Contra todos ellos se oye, a través de los siglos, el grito del profeta Amós, ¡Ay de vosotros! "¡Iréis al destierro, y se acabará el alboroto de vuestros banquetes!"


Jesús condena la acumulación injusta de riquezas, pero también la insensibilidad ante la pobreza de los menos favorecidos, incluso cuando las riquezas se han logrado con propio esfuerzo. El rico que vestía de púrpura es símbolo de quienes se enriquecen y permanecen insensibles ante el dolor ajeno. Y muchas veces ese dolor no está lejos de ellos, está a la puerta de sus casas, en sus pueblos y ciudades, en sus mismos países. Y ¡cuán verdadero es el que mucha gente podría vivir bien, sólo con las migajas de los ricos! Algunos ricos desperdician lo que tienen porque tienen demasiado. Los bienes materiales los han cegado.

Pero también es verdad que nosotros, los que no somos ricos, pero tampoco pobres, malgastamos muchos de los bienes que Dios nos ha regalado. Y ¡cuán verdadero es el que con nuestras migajas se podrían alimentar otras gentes en países más pobres que el nuestro! Pensemos, por ejemplo, en el mal uso que hacemos de los bienes que nosotros mismos poseemos. Malgastamos luz, gas, agua, comida. Mantenemos largas conversaciones en llamadas telefónicas de larga distancia y nos llegan facturas de cientos de dólares. ¿Cómo podemos justificar tales derroches? Somos pobres administradores de la creación, somos malos mayordomos, y también a nosotros Dios nos pedirá cuentas. No sólo eso, ya estamos sufriendo las consecuencias de nuestra mala administración, contribuyendo a una contaminación de la tierra y de la atmósfera, contribuyendo a una escasez energética en muchos lugares.

Esto nos hace reflexionar que en el fondo todos somos iguales. No podemos apuntar con el dedo al que tiene más posesiones. No podemos condenar a otros cuando nosotros hacemos lo mismo. Debemos ser buenos administradores de todo lo que, por la gracia de Dios, nos llega. Debemos ser desprendidos hasta con sacrificio, como la viuda pobre del evangelio que echó en uno de los cofres de las ofrendas dos moneditas de cobre, de muy poco valor, pero ella, en su pobreza, dio todo lo que tenía para vivir. Si todos obráramos así, no cabe duda que habría más justicia en la tierra, habría más satisfacción y felicidad en todos.

San Pablo dice a Timoteo que la religión es una fuente de gran riqueza, pero sólo para el que se contenta con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podremos llevarnos; si tenemos qué comer y con qué vestirnos, ya nos podemos dar por satisfechos (1Tim 6,6-8). Y finalmente, San Pablo exhorta a los ricos, y a todos nosotros, a que no pongamos nuestra esperanza en las riquezas ya que no son seguras. Antes bien, pongamos nuestra esperanza en Dios el cual nos da todas las cosas con abundancia. Amén.

 



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