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Propio 22

Habacuc 1,1-6 [7-11] 12-13. 2,1-4
2 Timoteo 1, [1-5] 6-14
Evangelio según San Lucas 17,5-10

     ¿Podremos ganarnos el cielo con nuestro propio esfuerzo? Parece ser que algunos piensan que sí. Sin embargo, la parábola del siervo inútil del Evangelio pone de manifiesto que la gracia de Dios no se puede ganar con las obras que hagamos. La gracia de Dios es un regalo. Entonces, ¿por qué obramos buenas obras? En agradecimiento a la vida que vivimos en Jesucristo y en deseo de compartirla con otras personas. Es lo que San Pablo dice en la epístola a Timoteo, "pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio". Este espíritu lo recibimos en el bautizo. El espíritu de amor nos impulsa a realizar buenas obras. Nuestra responsabilidad consiste en abrir la mente, el corazón, y la voluntad a ese espíritu.

     Es difícil creer que Dios nos dé la gracia para ser buenos cuando nos encontramos en situaciones desesperadas como la del profeta Habacuc. O en situaciones terribles como la contemplada por todo el mundo el once de septiembre del año dos mil uno, cuando los dos edificios gemelos y más altos de Nueva York fueron derrumbados por terroristas suicidas. Con los miles de personas que perdieron la vida, con las miles de familias afectadas, con tanto dolor innecesario, en esos momentos, ¿no desea uno, más bien, responder con violencia y represalias?

     Nos parece que no hay justicia divina. Nos gustaría clamar como el profeta, "Estoy rodeado de violencia y destrucción; por todas partes hay pleitos y luchas" (1, 3). Como Habacuc, queremos un remedio rápido para tal situación. Queremos que Dios se presente en nuestras vidas y traiga una solución justa. Habacuc esperó mucho tiempo. Tuvo paciencia. Por fin la ayuda llegó. Dios le contestó, diciendo "los justos vivirán por su fidelidad a Dios" (2,4).

     La historia de Habacuc, nos enseña que tenemos que tener paciencia incluso con Dios. Tenemos que perseverar con fe en tiempos de adversidad. El Evangelio, nos ofrece el mismo mensaje: tenemos que tener fe. Cosa curiosa, dice Jesús, que no es necesaria mucha fe. Con que fuera del tamaño de un granito de mostaza sería suficiente para trasplantar árboles. ¿Quiere decir esto que no tenemos nada de fe? A veces nos comportamos realmente como si no la tuviéramos. Pero consideremos las palabras de Jesús. Si tuviéramos un poquito de fe, del tamaño de una semilla muy pequeña, podríamos realizar grandes cosas. ¿Qué no podríamos obrar si permitiéramos crecer esa diminuta fe en nuestras almas hasta convertirse en un árbol frondoso?
A veces, las recetas de la cocina usan las semillas de mostaza. Tales semillas son pequeñitas pero siempre le dan un sabor intenso a la comida. Así, nuestra fe puede cambiar el sabor de las adversidades en nuestras vidas. Es necesario, ante todo, tener algo de fe. Sin ella no podemos vivir. Perecemos en el mar de la vida.

     El ejemplo de Jesús no deja de admirarnos, porque podría ofrecer otro ejemplo más práctico, pero lo que nos dice es que podríamos hasta trasplantar árboles si tuviéramos un poquito de fe. Tal vez, no sea necesario trasplantar árboles, pero sí necesitamos fe para enfrentar la aspereza de la vida, y trabajar para lograr un mundo mejor.

     En realidad no se trata tanto del tamaño de fe que tengamos, sino de ver en quién está fundamentada nuestra fe. Si tenemos fe sólo en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, en nuestra tecnología, en nuestra ciencia, no será suficiente. Estados Unidos cuenta con la tecnología más sofisticada del mundo, con el ejército más poderoso del mundo, y sin embargo, ante el mal terrible que azota siempre al mundo, este país es débil. Necesitamos una fe fundamentada en Cristo, en Dios.

     La muerte y la resurrección de nuestro Señor es la obra culminante de Dios Padre. Jesús triunfó en la cruz sobre la violencia y la destrucción de este mundo.
Como cristianos, caminemos la senda de Dios. Este camino no está libre de adversidades. Dios nunca nos prometió una vida de paz y tranquilidad en la tierra. Pero con el espíritu de poder y de amor, triunfaremos sobre las adversidades como nuestro Señor. No sólo triunfaremos, sino también tendremos la fuerza de compartir la gracia de Dios con otro caminante en el camino. Amén.



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