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Propio 23

Rut 1, [1-7] 8-19a
2 Timoteo 2, [3-7] 8-15
Evangelio según San Lucas 17,11-19


¿Se ha encontrado alguna vez en una situación de impotencia, por carecer de dinero, o por la edad, o por la raza a que pertenece? Este es el tema del libro de Rut y del Evangelio.

En la historia de Rut, tenemos tres mujeres que carecen de poder por ser mujeres. En aquel tiempo las mujeres eran la propiedad de los hombres. No podían ganar un sueldo independientes de sus padres, o esposos. Todavía hoy, en algunas culturas, perdura esa situación.

En la historia de Rut, el marido de Noemí murió primero. Diez años después los maridos de Orfá y Rut también murieron. Orfá y Rut son jóvenes y pueden casarse otra vez. Noemí tiene muchos años para contraer nuevo matrimonio. Así nos encontramos con tres mujeres sin esposos y sin poder. Además, el hambre se había extendido por el país de Moab.

Por ello, Noemí, decide regresar a Belén de Judá, su tierra nativa, donde ahora se vive mejor. Salen de camino, pero se siente mal sacando a sus hijas políticas de su ambiente, así pues, les suplica regresar con los suyos. Orfá y Rut saben que de hacerlo, Noemí moriría, porque sin el apoyo de un hombre no podrá sobrevivir. Después de orar, Orfá decide irse a la seguridad de su religión, y de su familia. En cambio, Rut opta por quedarse al lado de Noemí y pronuncia las palabras más bellas de toda la lectura: "tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán". Así, juntas, continúan el camino hacia Belén. Rut arriesgaba mucho acompañando a su suegra porque Belén no les ofrecía muchas grarantías de sobrevivencia. Nos dice la lectura que cuando llegaron, "se alborotó toda la población". ¿Por qué?

Rut de Moab, en Belén era extranjera. La llamaban la "moabita". Para los habitantes de Belén Rut era una pagana, que adoraba a otros dioses. No sabían que Rut, ahora estaba dispuesta a adorar al Dios de Israel. Poco a poco la gente iba a comprender que había llegado el momento en que el Dios de Israel, sería también el Dios de otros pueblos. Noemí se encuentra en una situación muy precaria, en estado de viudez. Suplica a las vecinas a que no la llamen "agraciada", sino "desgraciada" o "mujer de dolores". Las dos mujeres se encuentran bajo la clemencia de la familia de Noemí.

El Evangelio, nos narra la historia de diez leprosos. Hasta recientemente en casi todo el mundo, los leprosos eran tratados como exiliados en su propio país. En tiempos bíblicos, llevaban campanas sobre el cuello y gritaban "¡impuro!" a fin de que el pueblo se apartara de ellos. Aunque no se tratara de lepra en sentido clínico, se trataba de una enfermedad de la piel grave y contagiosa, que impedía la participación en el culto y en la vida civil ordinaria.

Los leprosos del relato de hoy se pararon a lo lejos y a gritos decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Jesús, sin tocarlos, les manda ir a los sacerdotes. Esta orden está llena de esperanza y de gozo, porque en el fondo debieran saber que en el camino iban a quedar curados, ¿por qué? Porque Jesús estaba adelantando el final del proceso curativo. Los sacerdotes van a dar el visto bueno, van a dar el testimonio final de limpieza y libertad.

Efectivamente, el mismo Evangelio nos lo dice: "mientras iban de camino, quedaron limpios". Pero, he aquí, que sólo un extranjero, un samaritano, -que era desdeñado por los judíos-, regresó a Jesús alabando a Dios. En aquella sociedad no podía existir persona más despreciada y discriminada que un samaritano, y además leproso.

¿Quiénes son los desdeñados de hoy?

Estamos viviendo en un mundo de contrastes increíbles. Mientras en los países adelantados se goza de una tecnología y de un nivel de vida excelente, más de la mitad del mundo vive en la pobreza y en la miseria. Miles de niños mueren de hambre diariamente. Cientos de niños son vendidos como esclavos. Miles de mujeres son humilladas con costumbres inhumanas y trasnochadas. Así, quienes vivimos en el reino de la riqueza oímos el clamor de los pobres, de los destituidos, de los desesperados que se acercan a nuestras puertas y, a veces, las encuentran cerradas.

Tanto en Estados Unidos como en Europa, el problema migratorio presenta cada día casos de gran dolor. Gentes que desean participar de la abundancia que, en justicia les pertenece, y estos países siguen insensibles ante tanto sufrimiento.

¿Qué hacer? Todos debemos encontrar una respuesta a esta grave pregunta. Todo ser humano debe gozar de los mismos derechos y contar con lo suficiente para vivir con dignidad. Todo ser humano es hijo de Dios, del mismo y único Dios, aunque en cada religión se le llame de manera diferente. Oremos hoy por una mundo mejor y más justo. Amén.



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