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Quinto Domingo de Pascua
Hechos 17, 1-15
Salmo 66, 1-11
1 Pedro 2, 1-10
Juan 14, 1-14

Todos hemos llegado a donde estamos viniendo por diferentes caminos. Puede ser que hayamos venido de países lejanos, puede que hayamos cruzado la frontera de México, o puede que hayamos nacido en este país, pero, para llegar al punto en que nos encontramos en nuestras vidas, cada persona ha debido tomar muchas decisiones.

         Cuando uno empieza una jornada, lo primero que tiene que decidir es adónde quiere ir. El iniciar un viaje sin saber adónde queremos ir, es como el proverbio que dice, "¡si no sabes adónde vas, cualquier camino te llevará allí!"

         Ahora bien, cualquier camino que escojamos nos ocasionará fatigas. No vamos a encontrar uno fácil y derecho. En todo camino hay encrucijadas, imprevistos, aburrimientos, cansancios. Todos estos elementos nos llevan a cambiar de rumbo constantemente. Así que, para nuestra sorpresa, después de dar muchas vueltas, constatamos que hemos llegado a un lugar inesperado. Los avatares de la vida han cambiado nuestros planes. Será bueno recordar aquí el profundo verso del poeta Antonio Machado: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". El camino de nuestra vida se va trazando con nuestro caminar.

         ¿Qué sucedería si encontráramos en nuestras vidas, un camino seguro, un camino, que desde el principio nos llevara al lugar donde queremos llegar? ¿Qué sucedería si alguien nos hablara de un camino de felicidad? ¿Nos encaminaríamos por él?

         Esta es la buena noticia de Dios. Sí, hay un camino que nos dé paz, gozo, amor, y seguridad, ese es el camino que nos ofrece Jesús. ¡Jesús es el camino, la verdad, y la vida! Si vivimos como él nos enseñó tendremos todo lo que nos prometió. Decir que Jesús es el camino, significa que antes de tomar una decisión, hemos de tener en cuenta los mandamientos y ejemplos que nos ofreció durante su vida terrenal. Es importante comprender que el ejemplo que nos dio fue transcendental.

         El ejemplo más hermoso fue venir a vivir entre nosotros y hacerse como uno de nosotros. Entonces Jesús entiende nuestra condición humana. Sabe lo que es tener sed y hambre, ser pobre, sufrir abandono, odio, y la agonía del sufrimiento. A pesar de experimentar todo eso, todavía nos dirigió palabras de perdón desde la cruz. Murió perdonándonos por nuestros crímenes.

         Al vivir con los seres humanos nos elevó de una existencia de mediocridad, a una vida de valores eternos. A veces, cuando cometemos un error, decimos que fallamos porque somos humanos. Pero Jesús elevó a su pueblo para que pudiera superar faltas y debilidades. Caminando por sus sendas, con él en nuestro corazón, somos más de lo que somos sin él.

         Jesús nos advierte que al conocerlo a él, también conocemos a Dios. Mucho de lo que sabemos de Dios lo sabemos por conocer a Jesús. Teniendo ese conocimiento, ¿cómo podemos seguir buscando otros caminos que conducen a la insatisfacción?

         El camino de Jesús nos ofrece perdón, así nosotros también podremos perdonar. El camino de Jesús nos libra de ansiedades, así podremos vivir con valor. El camino de Jesús nos ofrece paz, así podremos vivir sin rencor. El camino de Jesús nos ofrece amor, así podremos amar a los demás.

         La resurrección de Jesucristo nos abrió la puerta que separaba a los vivos de los muertos. Pero la vida que Jesucristo nos ofrece es la vida eterna que puede empezar ya hoy, no cuando nos muramos. La vida eterna se puede vivir a en esta vida, porque cuando vivimos como Cristo nos enseñó estamos viviendo una vida resucitada. Cuando perdonamos a los que nos ofenden, participamos de la vida eterna. Cuando obramos actos de caridad es señal de que estamos viviendo la vida resucitada.

         En esta vida hay muchos caminos. Si queremos ser felices podemos seguir el camino que nos asegura una vida de abundancia y llena de gracia. Jesús es el camino, la verdad y la vida-¡sigámoslo!



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