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Propio 25

Jeremías 14, [1-6] 7-10. 19-22
2 Timoteo 4, 6-8.16-18.
Evangelio según San Lucas 18, 9-14

     La semana pasada, el pasaje del Evangelio de San Lucas se enfocaba en la importancia de la oración y la insistencia en el orar. Hoy, el Evangelio continúa con el tema de la oración pero con un énfasis en la actitud que debemos adoptar ante Dios.

     Jesús presenta la parábola del fariseo y del cobrador de impuestos para ilustrar su mensaje. Hay dos personajes en está parábola: un fariseo y un cobrador de impuestos o publicano. El fariseo nos parece una buena persona. Ayuna dos veces por semana y da la décima parte de todo lo que gana (18,12). El fariseo está cumpliendo con lo marcado por la ley de su religión. El cobrador de impuestos viene a Dios con un corazón contrito, se queda a cierta distancia y se golpeaba el pecho, diciendo, "¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!" (18, 13). Jesús concluye la historia diciendo que fue el cobrador y no el fariseo quien quedó perdonado por Dios.

     A nosotros, que hemos oído esta parábola muchas veces, no nos sorprende mucho el resultado, pero para los oyentes de aquella época, era toda una sorpresa. ¿Por qué? Porque el fariseo era una persona con mucho respeto en la comunidad; acudía al templo cada sábado y cumplía la ley. Entonces, estaba obrando bien ante todos. En cambio, los cobradores de impuestos (o los publicanos) no gozaban de respecto respeto ante los demás. Su trabajo y su estilo de vida no era respetado por ningún segmento de la sociedad judía porque cobraban los impuestos para los romanos.

     El fariseo es el símbolo del buen judío. El cobrador de impuestos el símbolo del enemigo del pueblo judío. Jesús irónicamente usa estos dos personajes para ofrecer su mensaje: "Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido" (18, 14). Para nuestro Señor ni el nivel de educación ni el nivel de prestigio es importante para lograr el perdón. Es la actitud ante Dios lo que determinará si los pecados nos son perdonados.

     Hoy día, no ha cambiado mucho el escenario del mundo. Gente con prestigio y fieles observantes de la ley aparecen como buenos, y gente, como cobradores de impuestos, aparecen como enemigos. Pero esta historia no trata de gente buena o gente mala. Trata del peligro de tener demasiada confianza en sí mismos olvidándonos del poder y de la misericordia de Dios. La cultura del mundo promete que si cumplimos las leyes y trabajamos arduamente, triunfaremos ante la sociedad y ante Dios. Pero ni el mundo ni nosotros individualmente estamos dispuestos a admitir los defectos y pecados que nos aprisionan.

     Por ejemplo. De tiempo inmemorable palestinos y judíos han luchado por una tierra que creen pertenecerles. Ambos presentan argumentos históricos a su favor, pero los dos pueblos desean controlar con exclusividad esos lugares sagrados. Los dos son descendientes de Abrahán. Los dos tienen confianza en sí mismos y creen que están siguiendo las leyes divinas. Cada uno está orgulloso de sus estrategias aunque todo ello haya desembocado en violencia, y desplazamiento de gentes. Los dos dicen: "Es necesario para realizar nuestro objetivo. Es la única manera".

     Pero, ¿qué pasaría si los dos pueblos adoptaran la actitud del cobrador en vez de la arrogancia del fariseo? ¿Qué pasaría si confesaran con Jeremías: "muchas veces hemos sido infieles, hemos pecado contra ti? (14,8) ¿Qué pasaría si los dos admitieran sus odios y venganzas, y con una mente abierta y una corazón humilde se presentaran ante la misericordia de Dios en busca de una solución? Cabría la posibilidad de un sincero pacto de paz.

     Quizás, no podamos nosotros cambiar las estrategias de esos países, pero sí podemos cambiar nuestro vivir. En vez de mantener la posición de "tengo la razón" ¿por qué no adoptamos una postura de humildad y admitimos nuestros errores como el cobrador? Esto traería alegría y paz a muchos hogares, donde esposos, padres e hijos se mantienen en constante pelea por no querer ceder. No hay alegría en tener la razón, la mayor alegría consiste en ser perdonado y amar. Amén.



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