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Festividad De Todos Los Santos

Eclesiástico 44, 1-10, 13, 14.
Salmo 149
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Evangelio según San Mateo 5, 1-12

    El Hijo de Dios vino a la tierra no para facilitarnos el caminar por ella sino para anunciarnos algo grande y hermoso.
En el evangelio de hoy, Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés, hablando desde un monte, ofreciendo una ley nueva, por la cual nos debemos gobernar en esta tierra.

    Las bienaventuranzas nos suenan como algo muy extraño. No nos caen bien. Es difícil apreciar el carácter paradójico de las mismas. Nos gustaría olvidarlas o ignorarlas cuanto antes. Nos gustaría que Jesús nunca las hubiera mencionado. Sin embargo, las bienaventuranzas constituyen una revolución moral que todavía no se ha llevado a su plenitud. Jesús no vino a esta tierra a facilitarnos las cosas sino a establecer un orden nuevo de valores. Jesús no condenó el placer ni los bienes materiales ni el dinero. No condenó al joven rico que le preguntó sobre la manera de lograr la perfección. Jesús le advirtió que colocara su corazón no en la tierra sino en el cielo.

    A Jesús le gustaba comer con amigos, con pecadores, en banquetes, en bodas. Le gustaba el buen vino y el primer milagro que realizó, según el Evangelio de Juan, fue convertir agua en vino. Y con todo, Jesús no vino a vivir una vida cómoda o de confort, sino a enseñarnos un camino nuevo.

    No hay otro camino para el verdadero cristiano. Podemos gozarnos en la maravilla de la creación, podemos gozarnos en las cosas creadas y materiales, pero también tenemos que estar dispuestos a cargar con la cruz.
Hoy estamos celebrando la fiesta de Todos los Santos. Es una fiesta bella y muy significativa. Celebramos a santos pequeños y santos grandes. A los famosos y a los desconocidos. Las lecturas del Eclesiástico y del Apocalipsis hacen referencia a todos ellos. Ahora, entre ellos podremos recordar también a nuestros familiares y amigos ya idos. Todos están con Dios.
El mensaje de la fiesta de Todos los Santos, es un mensaje de esperanza y fortaleza. En el prefacio de la liturgia leemos: "Porque en la multitud de tus santos, nos has rodeado de una gran nube de testigos, para que nos regocijemos en su comunión, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, y, junto a ellos, recibamos la corona de gloria que no se marchita".

    Así pues, aunque peregrinos todavía en este mundo, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los santos que ya están en la gloria. En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.
El auténtico cristiano debe escalar, con valentía y entereza, la cumbre de la montaña, el auténtico cristiano debe esperar contra toda esperanza, y cuando todo aparece oscuro y tenebroso, el auténtico cristiano debe estar seguro de que un día se encontrará con todos los santos en el cielo.

   San Pablo, en la carta a los Hebreos, dedica todo el capítulo once para exaltar a los grandes modelos de fe del Antiguo Testamento. Menciona a los más famosos: a Noé, a Abrahán, a Isaac y Jacob, a Sara, a Moisés, a Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, y recuerda cómo vivieron y murieron heroicamente. Luego comienza el capítulo doce de esta manera: " Así pues, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús" ( Heb. 12, 1).

   Iniciamos esa carrera el día de nuestro bautismo. En muchas iglesias, hoy, se celebrarán bautismos, y se recibirán a nuevos cristianos que nos acompañarán en este caminar hacia la gloria. En el bautismo contraemos unas responsabilidades de ayuda mutua. No podemos renovar nuestras promesas de una manera superficial, sino con pleno conocimiento de lo que hacemos. Renovadas las promesas, realmente podemos celebrar con alegría este día, porque todos somos santos. Leemos en la carta a los gálatas,

   "Los que os habéis bautizado consagrándoos a Cristo os habéis revestido de Cristo" (Gal. 3, 27). Somos uno en Cristo, y ni la edad ni el color ni la nacionalidad nos podrán separar, porque somos uno en Cristo. ¡Celebremos la fiesta!



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