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Propio 26

Isaías 1, 10-20
Salmo 32
2 Tesalonicenses 1, 1-5; 11-12
Evangelio según San Lucas 19, 1-10

    El profeta Isaías compara al pueblo de Judá con Sodoma y Gomorra porque se había alejado del verdadero sentido del mandamiento de Dios que incluía sacrificios acompañados de una vida consagrada al Señor. Pensaban que ofreciendo múltiples sacrificios quedarían limpios de los pecados; pero esa práctica no tenía sentido mientras la vida del adorador no se adaptara al patrón que Dios había establecido para los que le siguen. "Más le agrada al Señor que se le obedezca, y no que se le ofrezcan sacrificios y holocaustos; vale más obedecerlo y prestarle atención que ofrecerle sacrificios y grasa de carneros" (1 Sm 15, 22).
   
    Las celebraciones semanales, mensuales y anuales, no tenían sentido para Dios, si no se ofrecían con la actitud correcta. Había tanta hipocresía en el pueblo, que el Señor se expresaba con frases como éstas: "estoy harto, me repugna, no lo soporto, aborrezco…". Dios no repudia los mandamientos sino la violación que de ellos hacen los impenitentes.
Aquellas reuniones nacionales, en vez de ser actos de adoración, eran todo lo contrario. De las cuales dice el Señor: "¡Se me han vuelto tan molestas que ya no las aguanto!".

    Tampoco las oraciones tenían respuesta porque las manos que extendían para orar estaban manchadas de sangre, por tratar mal a los necesitados.

    El mensaje del escritor sagrado es un llamado a un cambio de vida radical, para obtener el perdón de Dios, de lo contrario habrá un juicio. Se debe llegar al arrepentimiento de una manera personal. Dios exige una gran confrontación. Entonces Dios puede cambiar lo incambiable, y borrar lo imborrable.

    La confesión y el arrepentimiento, traen consigo la felicidad. Ese es el mensaje del salmista; de ahí la importancia de vivir una vida consciente del gran amor del Señor y también de su obra redentora en favor nuestro.

    Según San Pablo, los cristianos han sido llamados a vivir en la gracia y paz del Señor. La gracia es el favor inmerecido que Dios vierte en cada persona que acepta con fe el sacrificio realizado por Jesús.

    Lo que el apóstol Pablo dice a los tesalonicenses es que Dios da lo opuesto de lo que realmente merece la persona, bendición en lugar de juicio. Y que su aflicción es una prueba de la autenticidad de su fe, y que la constancia de su resistencia los señala como merecedores de heredar el reino divino.

    El apóstol habla de la reconciliación lograda por Jesús, que pagó nuestras deudas de una vez y para siempre, (Heb 9,22-27). Por eso los cristianos pueden vivir en paz, aún en medio de las persecuciones ( 2 Tes 1, 4-5), porque el propósito de los sufrimientos es ofrecer gloria a Dios y así ser considerados dignos del reino de Dios.

    Los cristianos de Tesalónica son llamados a crecer en su relación con Dios, y los unos con los otros. Porque la fe genuina va siempre acompañada del amor a los demás (Sant 2, 14-17). La fe es la raíz y el amor el fruto, por eso el apóstol Pablo ora para que los tesalonicenses tengan un estilo de vida de acuerdo al llamado, en su carácter, conducta y reputación.

    En relación con este tema del llamado, San Lucas nos narra la historia de Zaqueo, que tuvo un encuentro personal con Jesús. Zaqueo era colector de impuestos y quería conocer a Jesús. Jesús lo sabía de antemano, lo llamó y le pidió que bajara del árbol, con la condición de hospedarse en su casa. Zaqueo mostró arrepentimiento y gozo de recibir a Jesús.

    Zaqueo, hombre de mucho dinero, responde de una manera diferente al joven rico, (Lc 18,18-30); porque este cobrador de impuestos se dio cuenta que era pecador. Zaqueo, rico e influyente, encuentra la salvación. Otra enseñanza que observamos en esta historia es que Zaqueo se sube al árbol como un niño. Jesús dijo: "Al menos que una persona llegue a ser como un niño no puede entrar en el reino de Dios, (Lc 18, 17).

     Zaqueo, después del encuentro con el Señor, experimenta un cambio total y radical. Este hombre quiere que todo el mundo sepa que Jesús ha cambiado su vida, y como resultado de ello restituirá el dinero a las personas que había engañado.

     Dios no está interesado en los sacrificios u ofrendas. Dios espera que se cumplan los mandamientos, no de forma artificial, sino de manera que se pueda comprobar en el vivir diario el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esto no es posible a no ser que se dé una conversión. El apóstol Pablo dice: "Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; lo que ahora hay, es nuevo" ( 2 Co. 5, 17). La hipocresía no debe tener lugar en la familia de Dios. Jesucristo vio repetirse lo que el profeta Isaías dijo al pueblo de Judá: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí" (Mt 15, 8). Debemos a mar a Dios y al prójimo no de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Jn 3, 18).



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