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Sexto Domingo de Pascua

Hechos 17,22-31
Salmo 148, 7-14
1 Pedro 3, 8-18
Juan 15, 1-8

En la Biblia la vid aparece como símbolo del pueblo de Israel. Dios esperaba que su vid le diera excelentes uvas, pero en cambio le daba uvas agrias. Al inicio del capítulo cinco el profeta Isaías nos narra, de una manera incomparable mediante la ilustración de la viña, cómo Dios esperaba que su pueblo, recipiente de tantas gloriosas bendiciones, fuera una fuente de bendición para todo el mundo, pero se convirtió en un pueblo peor que los vecinos paganos.

      Jesucristo se presenta como la vid verdadera, pero es rechazado por el pueblo de Israel. Según la comparación de la vid, aprendemos que un sarmiento no sirve para hacer muebles, ni siquiera para hacer una estaca. Sólo puede desempeñar dos funciones: o da fruto cuyos racimos pesan más que la misma vid, o no da fruto y entonces sirve de combustible para el fuego. Jesús está ilustrando con este ejemplo de la vid que así como el sarmiento no puede dar fruto si no está unido a la parra, así tampoco los cristianos podemos dar fruto si no estamos en comunión con Él.

       Sabemos que al ser elegidos por Dios recibimos grandes privilegios, pero a la vez contraemos grandes responsabilidades. Por ejemplo, en una corporación hay empleados cuyas responsabilidades se limitan sólo a mantener limpias las instalaciones, mientras que quien está en la cúspide de la organización y ocupa el puesto de gerente general o presidente, tiene otras responsabilidades. Cuando esta misma organización tiene problemas financieros a nadie se le ocurre llamar al ordenanza, sino a la persona que está al frente de la organización. Asimismo, Dios nos otorga privilegios, pero también demanda exigencias de nosotros según los talentos recibidos. ¿Qué es lo que espera? Espera que permanezcamos en Él y mantengamos una íntima comunión con Él.

        Recordemos que en la vida cristiana la acción tiene valor si va acompañada de carácter: amor, paciencia, bondad, santidad. Es decir, que el servicio que prestamos a Dios debe ir también acompañado de respeto a la persona santa de nuestro Salvador. En la vida cristiana es importante el servicio, pero sólo si va acompañado de la reverencia

        Espera también que guardemos sus mandamientos. La prueba del amor del cristiano hacia Dios es el hecho de guardar sus mandamientos. Es muy fácil memorizar una doctrina, pero es duro obedecer la palabra de Dios, sobre todo cuando esa Palabra va en contra de nuestros intereses egoístas. La Biblia nos dice en el libro del apóstol Santiago que es bueno creer que Dios es uno, pero que los demonios también creen esa doctrina y ¡hasta tiemblan!

        Espera que amemos a los hermanos. Esta es la prueba social de la fe. Nadie puede ser un cristiano fiel y tener sentimientos de odio contra los hermanos. Nadie puede ser un cristiano fiel y ser indiferente ante las dificultades de los demás creyentes. Una de las características que debe distinguir a los cristianos es, precisamente, el amor.

        San Pablo afirma en el capitulo sexto de su carta a los gálatas que Dios no puede ser burlado porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Así como el pecado produce consecuencias tristes en la vida del ser humano, de la misma manera, la obediencia a la palabra de Dios genera bendiciones para el que le obedece.

        Algunas personas piensan que con gritar o aplaudir en el culto, ya glorificaron a Dios. Pero la Biblia nos enseña aquí cómo glorificar a Dios. Glorificar a Dios tiene que ver con obedecerle y producir frutos para su gloria. Glorificamos a Dios cuando damos testimonio con nuestra vida a los incrédulos; cuando llevamos una vida santa de impacto para nuestros semejantes; glorificamos a Dios cuando apoyamos la obra cristiana con nuestros diezmos y ofrendas y oraciones incesantes en favor de la obra misionera mundial, comenzando con nuestra propia geografía.

        Dios nos ha llamado a unirnos a Él para lograr la salvación en el mundo; esto, por supuesto, es un privilegio que requiere demandas de parte nuestra; y si obedecemos se darán resultados gloriosos para la gloria de Dios y para nuestra propia bendición.



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