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Séptimo Domingo de Pascua

Hechos 1, (1-7) 8-14
Salmo 68, 1-20
1 Pedro 4, 12-19
Juan 17, 1-11

El evangelio de hoy nos coloca como atentos oyentes de lo que comúnmente se llama Oración Sacerdotal. Cristo, antes de entregarse por los suyos, ruega por ellos. Éstos no son sólo sus discípulos sino todos sus seguidores, de todos los tiempos, incluyendo los de la época actual. Éstas son sus últimas palabras.

       En este evangelio ocupa un lugar muy importante el tema gloria-glorificación. El tema aparece al principio, en la mitad y al fin. Vamos, pues, a reflexionar sobre lo que nos dice. Cristo nos habla de la gloria que Él poseía en el Padre antes de la constitución del mundo. Cristo alude, sin duda alguna, a su preexistencia.

       La gloria de que aquí se habla es la posesión de la naturaleza divina, común al Padre y al Hijo, todo lo tuyo es mío; y todo lo mío es tuyo. El Verbo es Dios. El Verbo, sin embargo, se hizo carne y habitó entre nosotros, es decir, asumió la naturaleza humana. Hecho hombre lleva a cabo la misión que le encomendó el Padre: manifestar su Nombre.

       Cristo nos ha revelado al Padre, nos ha manifestado su voluntad de salvarnos y el amor infinito que tiene por la humanidad. Está inminente el momento de dar término a su obra: salió del Padre y vuelve al Padre. La vuelta al Padre abarca como una unidad: la pasión, la muerte y la resurrección. En una palabra, se trata de la glorificación, de la exaltación de Cristo, como Hijo de Dios y Señor de lo creado.

        La exaltación lleva consigo la posesión de todo poder, el poder de dar la Vida, de hacer hijos de Dios a los seres humanos. Cristo pide la glorificación que ya poseía como Dios. A través de la muerte llega a la glorificación. Con el cumplimiento de la misión que el Padre le ha encomendado glorifica al Padre. Ahora pide al Padre que le glorifique.

         A su vez, Cristo ha revelado al Padre. Los que aceptan la revelación reciben la vida eterna. Estos son los que guardan su palabra. Ha habido, naturalmente, una atracción del Padre en la aceptación de la revelación. Por ellos ruega Jesús. Ellos forman una unidad con Él; son sus amigos, no extraños. La aceptación de la revelación da gloria al Hijo, proclamando, que Cristo es el Hijo de Dios.

         Cristo ha glorificado al Padre, cumpliendo su misión; ha manifestado al Padre y ha dado la vida, obedeciendo al Padre hasta la muerte de cruz. El Padre ha glorificado al Hijo, lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha elevado a un lugar sobre todo lugar; está sentado a su diestra, investido de todo poder y de toda gloria. Él tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Cristo vive glorioso en el seno del Padre.

          La obra de Cristo, sin embargo, no ha terminado. Cristo sigue manifestando al Padre y comunicando la vida divina a los seres humanos, mediante la predicación y vida de la Iglesia y la administración de los sacramentos. Durará esta situación hasta el fin de los tiempos, hasta que Cristo aparezca glorioso a todos los pueblos. Los fieles a su vez glorifican a Cristo y al Padre, confesando de palabra y de obra la divinidad de Cristo. Cristo, en cambio, ruega por ellos, pues son suyos.

          La oración de Cristo es eficaz, tiene todo poder. Ésta es la actitud de Cristo ante el Padre: interceder por nosotros. Los que se niegan a recibirle constituyen lo que san Juan llama "mundo". Son los que persiguen a los suyos; como tales no puede rogar por ellos. Sin embargo, también ellos son llamados a formar parte del rebaño.

          Es oportuno, pues, después de la fiesta de la Ascensión, recordar a Cristo glorioso e intercediendo por nosotros. Se ha ido, pero está con el Padre e intercede por nosotros.



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