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Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11
Salmo 104, 25-37
1Corintios 12, 4-13
Juan 20, 19-23

Hoy, día de Pentecostés, cerramos el ciclo pascual. Hoy, con la gloriosa manifestación del Espíritu Santo, se consuman los misterios del sacrificio de la muerte del Señor, de su victoria en la resurrección, y de la entrada en la eternidad del Padre en la ascensión.

     En este día, con la efusión del Espíritu Santo, Dios eterno ha llegado. Está aquí para santificarnos, para consolarnos, para fortalecernos. Si bien se abren las puertas de nuestra fe para dar paso a este glorioso don del Espíritu Santo, se abren también para dar paso a la paz que Cristo nos otorga, se abren para que nosotros, llenos de ese don celestial, actuemos como mensajeros de Cristo: "como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".

     En realidad, hoy se inicia nuestro peregrinaje como cristianos, como testigos de Cristo. Hemos de caminar por el mundo dando testimonio de quiénes somos, a quién seguimos, y qué es lo que buscamos en nuestra vida. Si esto no queda patente en nuestras vidas, estamos fallando a nuestra vocación y la efusión del Espíritu no se manifiesta en nosotros. No cabe duda de que casi todos los males que azotan a nuestra sociedad son debidos a la estéril vida que los cristianos vivimos. Nos conducimos como admiradores de Cristo, pero no como sus auténticos seguidores. No estamos dispuestos a arriesgar nuestra vida por su causa. Como Dios nos ve tan indecisos, tan indiferentes, la acción del Espíritu no se manifiesta en nosotros con todo su poder.

     Esa es la esencia de la gran festividad que hoy festejamos. Es decir, lograr que el Espíritu Santo, que se nos da, se manifieste de hecho en todas y cada una de nuestras acciones. Pentecostés pues, no es algo efímero y estéril. Es la constante renovación de nuestra fe por el Espíritu en favor del bien común. A todos, ya seamos de la condición que seamos, o de la raza o cultura a que pertenezcamos, a todos se nos ha dado el mismo Espíritu para el bien común. Cada uno de nosotros puede cooperar con diferentes dones espirituales, con diferentes servicios, con diferentes talentos, pero el objetivo final ha de ser el mismo, la salvación de todos. Actuando de esta manera manifestamos que somos un cuerpo compacto, un cuerpo cuyos miembros funcionan al unísono para el bien de todo el organismo. Nuestro cuerpo eclesial, nuestra familia eclesial, ha de funcionar de la misma manera, buscando el bien común de todos.

     Hoy cerramos el ciclo pascual, no para guardarlo en los cajones obscuros del olvido, y desempolvarlo el próximo año, sino que significa ante todo: la inauguración de una nueva vida. Una vida colmada de las palabras y acciones de Jesús, puestas al servicio de los demás mediante la acción santificante del Espíritu Santo. Que nuestra vida produzca un fruto tan fértil como del de los primeros cristianos, que con el ejemplo de su vida fueron capaces de transformar toda una cultura. Una cultura tan rica y tan potente como la grecorromana.

     Hoy es Pentecostés hermanos y hermanas, hoy el Espíritu Santo esta aquí y quiere acompañarnos cada día de la vida que hoy nuevamente empezamos. Vayamos pues a servir a Dios y al prójimo, y que el Espíritu Santo sea la luz, la sabiduría y la paz en el caminar de nuestra historia.



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