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Propio 4

Deuteronomio 11,18-21,26-28
Salmo 31,1-5, 19-24
Romanos 3, 21-25a, 28
Mateo 7, 21-27

Las lecturas de hoy presentan una aparente tensión entre fe y obras. Mientras San Pablo dogmatiza: "Así pues, llegamos a esta conclusión: que Dios declara libre de culpa al hombre por la fe sin exigirle cumplir con la ley". Jesús en el evangelio afirma: "No todos los que dicen: "Señor, Señor", entrarán en el reino de Dios, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial". ¿Cómo podremos reconciliar esta aparente contradicción?

Para entender mejor la afirmación de San Pablo hay que colocarla en su contexto. La Carta a los Romanos se inicia con un tono polémico y enfadado. En los dos primeros capítulos se critica a los paganos, que pudiendo haber conocido al verdadero Dios, a través de la creación, no lo hicieron. San Pablo los condena con esta frase: "no tienen excusa" (Rom 1, 20).

Después de criticar a los paganos, San Pablo dirige su ira contra sus hermanos los judíos. Si a los paganos los trató en tercera persona, a los judíos, como hermanos, como compatriotas, los trata de una forma más familiar, usando el "tú". De nuevo hay que anotar que el tono es de controversia y diatriba. Finge un rival cuyas objeciones se citan y refutan. Sin preámbulo alguno, se inicia el capítulo segundo condenando a los judíos de esta manera: "Si los paganos ´no tienen excusa´ mucho menos la tienes tú, oh judío, que juzgas y condenas a otros, pero no cumples lo que predicas". San Pablo está condenando abiertamente la hipocresía: "Tú, (judío) que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti? Tú, que predicas que no se robe, ¿robas? Tú, que prohíbes el adulterio, ¿lo cometes? Tú que aborreces los ídolos ¿saqueas los templos? Pones tu orgullo en la ley, ¿y deshonras a Dios quebrantando la ley?" (Rom 2, 21-23).

Ahora San Pablo se encuentra en el momento oportuno para dar el paso a la fe, mas no una fe genérica, sino una fe de entrega total a Cristo. Una fe que no se satisface con clamar : "¡Señor, Señor!", sino una fe activa manifestada en las obras. Así escribirá a los gálatas: "Lo que cuenta es una fe activa por el amor" (Gal 5,6). A los colosenses les dice: "Revestíos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia(…) y sobre todo revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 12-14).

El amor, verdaderamente es el vínculo de la perfección. Así lo dejó a entender Jesús en múltiples ocasiones. Y antes de retornar al cielo, en el mensaje de despedida a sus discípulos, se lo dijo bien claro: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos" (Jn 14,15) Y, "El que ha recibido mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14, 21).

No se trata, de realidades o conceptos aislados. Es decir, no se trata de decir, ¡Señor, Señor!, y luego no cumplir los mandamientos. No se trata de profesar fe en Cristo y luego no seguir sus enseñanzas. Esto suena a hipocresía. El amor que no pasa de los labios, el amor que no se manifiesta en obras, no es auténtico amor. Hay galanes y donjuanes que dicen muchas palabras bonitas a las mujeres, más no las aman con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu, con todo el ser, hasta dar la vida por ellas, hacer eso sería auténtico amor.

Creer en Dios, creer en Jesucristo, con fe auténtica, y no manifestarlo en las obras, es una fe hueca. La fe verdadera implica una entrega total de toda nuestra vida, implica un amor de holocausto.

En el evangelio de hoy, Jesús precisamente condena a los falso profetas y mensajeros y predicadores que, con mucho ardor, "hablaron en nombre de Jesús" pero cuyas vidas eran huecas e hipócritas. Todos ellos oirán, u oiremos, esas tremendas palabras: "¡Aléjense de mí, malhechores!".

Si nos preguntamos, ¿quién nos salva, la fe o las obras? La respuesta es sencilla, nos salva Dios, porque le amamos y lo manifestamos en nuestra vida.



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