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Propio 5

Oseas 5, 15-6,6
Salmo 50,7-15
Romanos 4,13-18
Mateo 9,9-13

El evangelio de hoy presenta a Jesús actuando de una manera inusitada. ¿Cómo puede un maestro de la Ley comer con pecadores y cobradores de impuestos? Efectivamente, en tiempos de Jesús existía una división clara entre justos y pecadores. Justos eran los consagrados al servicio del templo y de la Ley, los demás eran marginados; justos eran los que no se mezclaban con otras razas, si lo hacían eran considerados impuros. Así mucha gente sencilla era excluida del círculo de los elegidos. Vivían sin esperanza, por eso, cuando Jesús se acerca a ellos, y les ofrece una posibilidad de salvación, lo siguen y aclaman como Mesías.

¿Por qué eran tan mal vistos los recaudadores de impuestos? El judío de entonces, en su mayoría agricultor, se veía sofocado económicamente por una serie de impuestos, que en más de una ocasión, los conducía a la ruina. Por una parte tenían el diezmo divino exigido por la Ley. Los diezmos exigidos bajo diferentes conceptos podían ascender a más de un 21 por ciento al año. Sobre esto se añadían los impuestos romanos, un uno por ciento añadido al valor de la tierra poseída y un doce y medio por ciento sobre las cosechas, y otros peajes y tributos. Unidos ambos sistemas de impuesto podían ascender hasta el 35 por ciento. Esto era algo excesivo para los agricultores, en su mayoría pobres.

Roma vendía el derecho de recolectar los impuestos a ciertos "labradores de impuestos" que pagaban una cantidad fija. Estos, a su vez, contrataban a otros "labradores colectores". La ganancia de unos y otros dependía del porcentaje que ellos mismos pudieran añadir al sistema exigido por Roma. Por eso, no era, extraño, que todo el mundo odiase a esta clase de cobradores a quienes se sospechaba de explotar al pueblo además de colaborar con el enemigo romano.

Era una situación de verdadera desesperación. El pueblo no podía escaparse de pagar el impuesto a Roma, de lo contrario perdía las tierras. De hecho frecuentemente las perdían por no pagarlo, así se creaba una clase numerosa de desempleados que terminaba robando y pidiendo como necesitados. Ahora bien, ¿podrían escaparse de pagar el impuesto demandado por la Ley divina? Este era el dilema de mucha gente, humilde y pobre. Si eran fieles a la Ley y lo pagaban, se arruinaban. Algunos podían salvar sus tierras no pagando los diezmos requeridos, convirtiéndose así en judíos no observantes, con serios problemas religiosos, y marginados por la elite de los justos. Los fariseos exigían que los diezmos se pagaran. Un justo no podía comer frutos no diezmados. Había que dar a Dios lo que es de Dios. Ante tal situación los fariseos castigaban al labrador de una manera impía, con el ostracismo religioso, es decir, considerando a la gente como pagana. Los fariseos, no se asociaban con los labradores que no cumplían con la ley, ni comían con ellos.

Ahora podemos entender lo revolucionario de la conducta de Jesús. Si Jesús era un profeta, como se decía, ¿cómo podía comer con gente que no observaba la Ley? ¿Cómo podía comer con cobradores de impuestos, estafadores y traidores? ¿Cómo podía comer con gente de mala fama? Verdaderamente esto tenía que ser algo muy chocante en aquel ambiente cultural religioso.

Mas he aquí la novedad del mensaje de Jesús. ¿Cómo se puede cambiar la conducta de un "pecador"? ¿Aplastándolo más, condenándolo, rechazándolo, o reconociendo su situación, abrazándolo y ofreciéndole orientación? Los fariseos habían endurecido el corazón con el frío y rutinario cumplimiento de leyes y preceptos secundarios. Jesús les recuerda el mensaje dado por los profetas, y al parecer, olvidado. Aprendan lo que dice la Escritura: "Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios" (Os 6, 6).

De esta manera, Jesús aparece como el Dios que ama, que se compadece, que es misericordioso, que tiene paciencia. Ha venido a llamar no a los buenos, sino a los pecadores, no a los sanos, que no necesitan su ayuda, sino a los enfermos, débiles y necesitados.

Jesús nos invita a ser misericordiosos, a no juzgar, a no condenar a nadie. ¿Cómo podremos nosotros apuntar con el dedo al hermano y acusarlo de pecador? Sólo Dios sabe lo que sucede en el corazón del ser humano. Podemos creer que aquella cuadrilla de pecadores, sentados con Jesús a la mesa quedó convertida por las palabras divinas de Jesús y sobre todo por su corazón tan compasivo.



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