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Propio 6

Exodo 19, 2-8a
Salmo 100
Romanos 5,6-11
Mateo 10, 35-10,8

Jesús desplegaba una actividad infatigable. El primer versículo de este evangelio da la sensación de que Jesús viviera en nuestros días donde uno no tiene tiempo ni para contemplar la belleza de la naturaleza. Jesús no actuaba de esta manera. Era un contemplativo que admiraba la creación realizada por su Padre al principio del tiempo, hace millones de años.

Lo que sucede es que Mateo nos da una apretada síntesis del trabajo de Jesús. Recorría pueblos y aldeas y en cada uno de ellos enseñaba en las sinagogas, explicando las Escrituras. Jesús también predicaba al aire libre, en la montaña, en el lago, por todas partes. Y siempre usaba el mismo tema: El reino de Dios. Toda la gente andaba intrigada por esa expresión del "reino de Dios". Y le preguntaban, ¿cuándo se va a hacer visible el reino de Dios? La gente veía la majestuosa y terrorífica presencia de los ejércitos romanos que imponían respeto y terror dondequiera que iban. Las huestes romanas se encontraban por todas partes. Y el pueblo judío estaba cansado ya del yugo romano. ¿Cuándo, pues, va a llegar el reino de Dios, que nos libre del yugo romano? A Jesús le costó mucho convencer a la gente de que el reinado divino era de diferente naturaleza. El reino de Dios no es visible al modo del poder romano. El reino de Dios está en todo aquel que cumple la voluntad del Padre celestial, así como el terror estaba, -y está- en todo aquel que se asociaba al poder del mal.

Además de predicar y enseñar, Jesús curaba toda clase de enfermedades y dolencias. Tal era el éxito de Jesús que la gente lo seguía en gran número. Y esto acrecentaba su trabajo y su compasión por ellos. Al ver a la muchedumbre, conmovido, sentía compasión de ella, porque se encontraban como ovejas sin pastor. Se hace eco, aquí Jesús de las palabras de Jeremías, cuando critica a los pastores indiferentes y descuidados que dispersan y extravían a las ovejas del rebaño. "Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas en todos los países…las volveré a traer a sus pastos, para que crezcan y se multipliquen", dice el oráculo del Señor (Jr 23,1-3). También recurre Jesús a la imagen del segador: "La mies es abundante, los braceros son pocos. Rogad al amo de la mies que envíe braceros a su mies" (Mt 9, 37). Jesús se apiada de la gente y pone remedio. El salmo 126 prevé esta bondad de Jesús y en él se exclama: "El señor ha estado grande con nosotros, y celebramos fiesta…Los que siembran con lágrimas cosechan con júbilo. Al ir iban llorando llevando la bolsa de semilla; al volver vuelven cantando llevando sus gavillas" (Sal 126). Esta ha sido la realidad de siempre, unos plantan y otros recogen la cosecha.

Para que el mayor número de personas se beneficie de la misericordia mostrada por Jesús, elige a doce de sus discípulos y los envía como portadores de su mensaje, con los mismos poderes que él para curar enfermos y expulsar demonios. No los llama "pastores", sino "trabajadores de la mies", que Dios hace germinar por la palabra. Efectivamente, no hay más que un solo Pastor, Cristo, que murió por las gentes, abatidas por el pecado. Él es el que salva de la cólera divina, el que justifica y reconcilia con el Padre, y conduce de nuevo a la vida, según nos enseña San Pablo en la carta a los romanos.

A nosotros los cristianos nos cabe la misma responsabilidad. ¿Cómo podremos continuar el mensaje traído por Jesús? ¿Cómo podremos ser testigos y mensajeros de la Buena Nueva que se traduce en compasión por todo el mundo? Este amor compasivo de Dios, que llamamos "misericordia" debe impulsarnos constantemente a tomar iniciativas cada vez más audaces para establecer definitivamente el reino de Dios en la tierra.



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