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Propio 7

Jeremías 20, 7-13
Salmo 69,1-18
Romanos 5,15b-19
Mateo10, (16-23) 24-33

Entre las lecturas de este domingo, la del profeta Jeremías nos llama la atención por su desconcertante sinceridad. En su obra profética inserta una serie de cinco confesiones que nos ayudan a conocerle mejor. La confesión de hoy es la última de las mismas. Comparado con el clasicismo del profeta Isaías, Jeremías nos aparece como un lírico y romántico. Se enfrenta al rey y sus consejeros. Su predicación resulta antipática y sus consignas impopulares. En su actuación va fracasando paso a paso, hasta desaparecer en tierra ajena. Esa es su situación existencial.

A Jeremías le han podido sus rivales, el Señor lo ha abandonado, su misión ha sido un fracaso, su vocación un engaño o seducción; más valía no haber nacido. Así es como se siente Jeremías en su interior. Así es como pensamos nosotros mismos cuando nos dejamos dominar por el desánimo y el pesimismo.

Será conveniente recordar los tres primeros versos, que son, en realidad una oración de denuncia, dirigida a su Dios:
"Me engañaste, Señor, y me dejé engañar; me forzaste, me violaste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo es para anunciar violencia y destrucción. La palabra del Señor se me volvió escarnio y burla constantes. Si digo: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre. Entonces tu palabra en mi interior se convierte en un fuego que me devora, que me cala hasta los huesos. Trato de contenerla, pero no puedo. Oigo que la gente cuchichea: "¡Hay terror por todas partes!" Dicen: "¡Vengan, vamos a acusarlo!" Aun mis amigos esperan que yo dé un paso en falso. Dicen: "Quizás se deje engañar; entonces lo venceremos y nos vengaremos de él".

Esta es una bella, sincera y desgarradora confesión de queja contra el Señor. Jeremías está cansado de su misión. Está cansado de denunciar el mal, la injusticia, y de no lograr aparente progreso. Hasta sus mismos amigos le están traicionando.

Ejemplos como el de Jeremías hay pocos. Son los santos, líderes, héroes y profetas que han jalonado la historia con sus elocuentes denuncias y hasta con el precio de sus vidas. En el último momento, la inmensa mayoría de la gente, cobardemente, se cobija en la comodidad y seguridad. Sólo los auténticos profetas, siguen adelante, solos, hasta morir mártires.

Jeremías no se deja vencer por el desánimo ni el pesimismo, porque sabe que el Señor no lo abandonará. El Señor está con él.

Como todos los profetas, Jesús también estuvo expuesto a la contradicción de su pueblo, y a menudo, incluso a la incomprensión de sus discípulos más próximos. Se le llegó a tratar hasta como emisario de Satanás (Mt 12,24). Experimentó cómo crecía en torno a él el odio que lo conduciría a la muerte. Cuando en Getsemaní, en el momento de afrontarla, tuvo la tentación de echarse atrás, se abandonó totalmente en manos de su Padre. Gracias a su fidelidad como enviado de Dios y a su total obediencia, los seres humanos hemos recibido el don de la vida eterna.

Jesús confió a los discípulos el evangelio para que lo anunciaran a todo el mundo. Ahora nos toca a nosotros. ¿Podremos predicar un evangelio que no resulte molesto? Con frecuencia así se hace. El sermón de los domingos, a veces, resulta ser una sarta de chistes, de anécdotas y de bonitas historias. El sermón de los domingos debe ser más comprometedor y denunciante para que salgamos de la misa molestos, pero reflexionando y dispuestos a cambiar de vida.

Jesús nos exige proclamar su enseñanza desde las "azoteas de las casas" para que todo el mundo la pueda oír. Hoy debemos proclamarla en la radio, en la televisión, en la prensa, en Internet, para que el mensaje de Dios llegue hasta los confines de la tierra.

Y no debemos tener miedo a nadie. Lo importante es cumplir con el mandamiento de Jesús. En él tenemos el mejor defensor ante el Padre. Pero si, por cobardía, no predicamos su mensaje, él nos negará ante el Padre.

Estemos, pues alegres, y digamos con Jeremías: ¡Canten al Señor, alaben al Señor!, pues él salva al afligido del poder de los malvados (Jr 20,13).



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