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Propio 9

Zacarías 9, 9-12
Salmo 145, 8-14
Romanos 7, 21-8, 6
Mateo 11, 25-30

         Las lecturas de hoy hacen resonar en nosotros la palabra "mandamientos". A veces, ese sonido evoca sacrificio. ¡Qué difícil es guardar todos los mandamientos! Siempre habrá más de un mandamiento que nos es difícil cumplir, con la consecuente carga de angustia y culpabilidad. Las palabras del apóstol san Pablo son la descripción de esta experiencia: "Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance" (Rom 7,21). La imperfección humana y la dificultad de ser totalmente correctos nos agobian.

         Sin embargo, las lecturas también hablan de un llamado al reconocimiento de la presencia del Señor en nuestras vidas, en nuestros prójimos y en nuestro entorno ambiental. Más allá de las imperfecciones humanas, la presencia divina se evidencia en su compasión y en invitarnos al descanso de las fatigas de nuestra vida. Dios es consciente de que nuestra vida esta plagada de hechos positivos y negativos, y de que las obras negativas o pecaminosas nos debilitan. Nos entristece el no cumplir todas las leyes del Señor.

         Es precisamente en este momento donde vemos la poderosa intervención de Dios para ayudarnos a superar toda debilidad. La autoridad divina no se basa en la ostentación de su majestad, o en su "mano dura" con nosotros, sino en su paciencia y perdón para ofrecernos calma y tranquilidad. ¡Qué liberadora es la comprensión de Dios!

         Nada de esto hubiera sido posible si Dios no hubiera decidido vivir en Cristo como los seres humanos para participar de la condición humana. Es en Jesús donde encontramos el camino a Dios y hacia una vida mejor. El evangelio es el regalo de Dios para una vida plena. Como san Pablo lo dice en su epístola a los romanos, la Ley de Moisés no fue invalidada por Cristo sino cumplida y complementada. El joven rico la resumió en dos acciones: amar a Dios con todo el corazón y toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo. De esto se trata al llevar su yugo. El yugo es un instrumento que se usa para mantener sujetos al arado a animales de carga para realizar la siembra u otras tareas agrícolas. Es un instrumento para el trabajo. Pero también servía para transportar cargas equilibradas.

         Siempre habrá leyes que cumplir, y muchas veces estas leyes, ya sean en la sociedad, en la Iglesia, en nuestro trabajo o en nuestros estudios, serán penosas y dolorosas. La ética cristiana nos invita a respetarlas. La obra de Cristo nos libera de toda carga excesiva, cada uno recibe sólo lo que puede llevar responsablemente para dar buen fruto. El yugo del Señor no es una serie de requisitos a cumplir, y con los cuales uno podría hacer cálculos de qué porcentaje se cumple a fin de ser considerado perfecto. El evangelio es un llamado a una vida de servicio cuyas acciones deben ser buenas y amorosas, pero que, a veces, nos quedan imperfectas.

         Se nos invita a vivir una vida diferente. Nuestro Señor sabe que somos imperfectos. Por eso ha decidido revelarnos el Evangelio para que podamos llegar a tener una vida abundante. El objetivo divino no es el de cargarnos de culpa por no ser perfectos, sino el de invitarnos a servir a otros que tienen las mismas dificultades que nosotros. En los demás nos reconocemos a nosotros mismos.

         Los mandamientos del evangelio no son un conjunto de formalismos a cumplir, sino una entrega de amor hacia el mundo, realizada por Cristo de una manera perfecta. Cristo, por su mismo amor, resucitó conquistando la muerte y liberándonos para la vida eterna. Dios nos invita a seguir el ejemplo de Jesús diariamente. Sólo así nuestras vidas quedarán libres de los formalismos de este mundo y se convertirán en instrumentos útiles en sus manos. Sólo así podremos aceptar el yugo del Señor y ser colaboradores de su reino. El resultado de esto es que muchos podrán venir al encuentro de este Dios de la vida para encontrar reposo y felicidad. En nuestras manos está la responsabilidad de que esto se realice en toda persona, con la colaboración y ayuda del Espíritu Santo.

         Aceptemos pues el yugo del Señor. Demos gracias por nuestras vidas, que son perfectas pero que buscan el amor de Dios; amor que no queda estancado en nosotros sino que se difunde por todo este mundo que busca "descanso". Que así sea con la ayuda del Espíritu Santo.



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