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Propio 10

Isaías 55, 1-5, 10-13
Salmo 65, 9-14
Romanos 8, 9-17
Mateo 13, 1-9, 18-23

        El evangelio nos deleita comparando el mensaje del reino de Dios a una semilla. Se ha llamado a esta parábola, "la parábola del sembrador", aunque en realidad el título más apropiado sería "la parábola de la semilla" ya que la semilla, o palabra de Dios, es el sujeto de esta historia.

        Era común en las enseñanzas de Jesús el usar imágenes agrarias. Jesús tomaba en cuenta la vida cotidiana de su público, no hacia largos discursos filosóficos, sino que relacionaba la fe con la experiencia diaria de la gente. En este caso, utiliza la imagen de la siembra. Jesús está pronunciando esta enseñanza a orillas del Lago de Galilea. Esto puede parecer incoherente, excepto si tenemos en cuenta que los alrededores del lago eran ricos en vegetación y tierras de cultivo. La imagen del sembrador, pues, no les era extraña a los oyentes de Jesús.

        La imagen de la semilla es muy apropiada tanto para hablar del reino de Dios como de la tarea de Jesús: la semilla está destinada a morir para germinar y producir nueva vida y abundante fruto. Si bien la muerte de Jesús en la cruz fue consecuencia de una predicación condenadora de un sistema político y económico que mantenía a miles de personas en la extrema pobreza, tras su muerte tuvo lugar el hecho inusitado de la resurrección. El triunfo de la vida sobre la muerte. Así, Jesús es el modelo del Reino, y de la semilla: morir para resucitar.

        En la parábola se refiere a distintos tipos de público: aquellos que escuchan el mensaje y no lo entienden; aquellos que, tras pruebas y dificultades, pierden la fe por no tener sólido fundamento religioso; aquellos que oyen el mensaje pero no pueden aceptarlo porque están inmersos en los negocios de "este mundo"; y aquellos que oyen el mensaje, lo entienden y dan fruto, como la semilla. Jesús no condena a ninguno de estos públicos, sólo muestra cuán distintas son las reacciones frente al mensaje del Reino, quizás por tratarse de un mensaje radical de justicia, amor y perdón, en un mundo donde escaseaban esos valores. Jesús no se contentaba con una decisión mediocre sino que esperaba una vida comprometida para el reino de Dios. Muchos tomaron este mensaje muy en serio y se convirtieron en discípulos y discípulas suyos. También había mujeres que seguían a Jesús como discípulas.

        Tras la proclamación de Jesús, nosotros, como discípulos suyos, tenemos una obligación en esta tarea divina: invitar a otros a formar parte del Reino. Se trata de una invitación, jamás de imposición. No se puede obligar a nadie a que lo acepte bajo presión. Es una acción gratuita para que tengamos vida. Esto produce frutos en nosotros: vida, gozo y alegría.

        La imagen de la creación entera regocijándose ante la noticia del Reino es increíblemente apropiada pues el propósito divino es la restauración de toda la creación, especialmente del género humano. El Reino es resurrección, ya que la germinación de la semilla es su muerte y resurrección. Es nueva vida, es Dios trabajando como el artesano en el barro para producir artefactos útiles en sus manos. Así, nosotros estamos destinados a ser continuadores de la obra de Jesús: proclamar el mensaje del Reino sembrando la palabra de Dios que germinará para vida eterna. Lo debemos hacer con el ejemplo de palabras y acciones. En esto, tal como dice san Pablo, somos guiados por el Espíritu a vivir una vida diferente.

        Hermanas y hermanos, dejemos que Dios cada día haga germinar en nosotros el mensaje del Reino. Permitamos que nuestras vidas sean terreno cultivable para la vida eterna. Salgamos, luego, al mundo a proclamar este mensaje divino a un mundo que tanto lo necesita. ¿Qué imágenes debemos presentar para que el reino de Dios esté en conexión con la vida cotidiana? Sólo el Espíritu puede guiarnos en esto.

        Hagamos todo lo posible para que la semilla caiga en buena tierra. Entonces cosecharemos fruto para el Señor, y la creación entera se alegrará. Así, como dice Isaías, "los montes y las colinas estallarán en cantos de alegría y todos los árboles del campo aplaudirán. En vez de zarzas crecerán espinos, en vez de ortigas crecerán arrayanes; eso lo hará glorioso el nombre del Señor; será una señal eterna, indestructible" (Is 55, 12b-13). Que así sea.



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