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Propio 11

Sabiduría 12, 13,16-19
Salmo 86, 11-17
Romanos 8, 18-25
Mateo 12, 24-30, 36-43

        Liberación. Esa es la palabra que resuena en la lectura de la epístola de san Pablo a los romanos. En nuestro mundo, "liberación" es un término sumamente descalificado. En las Escrituras mantiene el sentido del proyecto de Dios para toda su creación: liberación, liberar, libertad... ¡Cuán apropiada era esa palabra para una comunidad cristiana como la de Roma en la capital del Imperio! Esa comunidad era testigo de cómo el Imperio Romano tomaba tierras y productos del mundo antiguo para su propio beneficio. También era testigo de los muchos inmigrantes que llegaban a la ciudad en busca de nuevas oportunidades, al ver cómo sus tierras y sus familias "gemían por ser liberadas" de tal opresión.

        San Pablo era consciente de que esa situación no era sólo económica o política, sino también espiritual, es decir, la relaciona con el propósito de la existencia. Para alguien en tiempos de san Pablo, la promesa de liberación era fuerza y esperanza para seguir viviendo en medio de la desolación. San Pablo nota que los lectores de su epístola "sufren profundamente", por lo cual escribe esa carta de consolación. La carta fue escrita en el año 56 de nuestra era, cuando el edicto del emperador Claudio obligaba a muchos judíos a salir de Roma. Los cristianos que permanecieron en la ciudad, aún no diferenciados del judaísmo, no eran bien vistos por los romanos, tanto por su condición religiosa (sobre todo la de no adorar a los dioses romanos), como por su condición social (muchos eran esclavos o artesanos pobres). Pablo les habla de esperanza y de "liberación": "la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios" (21b).

        San Pablo también es consciente de que toda la tierra (al menos el mundo antiguo conocido) está a la espera de una liberación. La imagen del parto es una imagen esperanzadora. Más allá de los dolores, la dicha de la nueva vida que llega a este mundo logra borrar el momento doloroso en cada madre: el amor supera el dolor ante la dicha de tener el bebé en los brazos. Así también la creación espera dar a luz una nueva vida cuya única garantía es Cristo a través de su resurrección. Hoy también vivimos en un mundo necesitado de una liberación como sucedía en tiempo de san Pablo. En lo político, lo económico, lo social, lo ecológico, lo familiar, incluso aún en nuestra condición humana, oímos el "gemido" de toda la creación. Necesitamos que Dios cambie las estructuras existentes para que la humanidad y todo su entorno puedan seguir existiendo. Nosotros podemos proclamar una esperanza: Jesús es el camino hacia una vida liberada, más humana y solidaria. No podemos aprisionar este mensaje dentro de nosotros, debemos proclamarlo.

        La promesa de Dios en Cristo en el poder del Espíritu es algo que se hace realidad en medio nuestro pero de manera parcial. El reino de Dios ya está en medio nuestro pero todavía no ha sido manifestado totalmente. El Espíritu nos ha sido dado como adelanto, dice San Pablo, para tener fuerzas hasta el momento en que seamos totalmente liberados junto a toda la creación. En Jesús podemos soñar con una sociedad justa, que usa adecuadamente de los recursos de la creación. Podemos soñar con familias unidas, con jóvenes que esperan un porvenir glorioso y pacífico, con ancianos que son respetados por sus hijos y nietos. Es posible soñar con esto como una promesa de que Dios nos va a liberar de una realidad todavía encadenada. Pero nunca podrá ser esperanza en otros si callamos, si no salimos al encuentro del prójimo y le anunciamos el mensaje de Dios.

        Por último, hermanas y hermanos, la continuidad de esta esperanza depende de nuestra constancia (25b), y esta constancia implica vivir y actuar en comunidad. Sólo como comunidad que celebra el misterio de la Eucaristía, que proclama el mensaje del evangelio, que se apoya mutuamente en oración, que persevera en la enseñanza de los apóstoles y en la meditación de las Escrituras, tal como lo relatan los Hechos (2, 42-47), podremos juntos ofrecer una esperanza a otros. Es en comunidad donde nuestra fuerza se reproduce y nos anima a asumir la vida cotidiana de una manera evangélica y solidaria. Caminemos, sintiendo, trabajando y viviendo la esperanza de "la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios" (v.21). Que así sea.



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